El primer libro es el más difícil de todos. Escribirlo me costó demasiado esfuerzo. No sé si valió o valdrá la pena y no disfrute mientras lo hacía. Todo lo contrario: fue un infierno.

Al comenzar, creí que tenía una gran historia, pero ni bien la trasladé al papel me di cuenta de que no alcanzaba ni para un cuento, ya que era demasiado corta. Comencé a desarrollarla un poco más, a crear nuevos personajes, a contar el pasado de los protagonistas y a imaginar historias que no tenían que ver con la historia original, pero que servían para darle sustento y también, para que el libro fuera algo más largo.

Luego, comencé a pasar todo a un archivo de word, mientras iba realizando pequeñas modificaciones en el texto para que fuera tomando forma y cuando leí mi obra completa por primera vez, comprendí que lo que había escrito, era una autentica cagada.

A partir de ese momento, todos mis esfuerzos estuvieron dedicados a corregir y a mejorar los textos, tanto gramáticamente como en la propia historia. Encontré baches, errores argumentales, personajes que cambiaban de nombre hasta tres veces y razonamientos que no concordaban con lo que luego hacían quienes los pensaban. Fue un trabajo arduo, complejo y agotador. Intentar buscar la perfección, sabiendo que será imposible alcanzarla, fue frustrante. Pero luego de un año intenso, puedo decir que mi primer libro estuvo terminado.

Definitivamente, no será un best seller, pero la sola idea de ver mi nombre impreso sobre la tapa de cartón en un libro que esté ubicado en la repisa de algún familiar, me reconforta. Tendré tiempo luego, de intentar mejorar como escritor y con suerte, quizás, llegar a estar en el ranking de los más vendidos de Cúspide. Pero eso no me preocupa por el momento.

Una vez que el libro estuvo terminado, corregido e impreso en hojas A4, comenzó la interminable ronda por las editoriales. Algunas, permitían el envío por correo electrónico; otras, exigían que les lleve personalmente hasta tres copias del libro, las cuales eran recibidas por un recepcionista que ni se preocupaba en mirarte a la cara. Pero una vez entregado el original, todas respondían de la misma manera: en silencio. Ninguna editorial se preocupó por contactarme para dar su opinión sobre mi libro. Decirme que les había parecido, que se podía mejorar o por donde debía comenzar a trabajar para lograr publicarlo. Semejante silencio me hizo dudar sobre si alguien, se habrá tomado el trabajo de leerlo, pero supongo que eso nunca lo sabré.

Fue justo cuando, desconsolado, comenzaba a considerar la posibilidad de colgar mi primer libro en internet para que pudiera ser descargado libremente y quizás, una vez viralizado, tener la suerte de publicarlo en papel, que me contactaron de una pequeña editorial de la ciudad de Buenos Aires y me pidieron que me acercara a sus oficinas con un original completo de mi obra, ya que previamente, había enviado solo un pequeño fragmento por email. Según dijeron, estaban interesados en publicarlo y me darían una mano para darle los toques finales.

Tuve que pedirme el día en el trabajo y elegí viajar en transporte público para evitar manejar con semejante ansiedad a cuestas. Logré sentarme en el último asiento de la hilera izquierda y apoye mi cabeza sobre la ventanilla. Dormité durante el viaje, imaginando la firma de ejemplares en la próxima feria del libro. Desperté sobresaltado, dos paradas más adelante de la que me correspondía. Me abrí paso empujando a un viejo y a un oficinista excedido de peso, toque timbre y salte del colectivo ni bien se abrió la puerta. El calor era intenso y el trafico insoportable. Intenté orientarme para saber hacia dónde debía caminar y ni bien lo descubrí, también me di cuenta de que el original, había quedado en el asiento del colectivo que ya se había puesto en marcha.

Milagrosamente, el trafico parecía abrirse para darle paso al vehículo en donde ,mi primer libro, había quedado a merced de cualquier pasajero que se sentara en mi lugar. Por más que corrí, no logré alcanzarlo y de rodillas en medio de la calle, lo vi alejarse hacia el bajo. Insulté al cielo por habérmelo olvidado, mientras que los automovilistas me gritaban a mí, todo tipo de cosas.

Mi grito al aire me sobresaltó y ayudó a despertarme. Mi mejilla derecha estaba apoyada y pegoteada sobre mi cuaderno rivadavia de tapa dura. A su lado, la lapicera. Dubitativo, hojee las paginas sobre las que había escrito el primer borrador de mi libro y noté, sin sorpresa, que aún permanecían en blanco. La noche se estaba convirtiendo en madrugada y mi cuerpo, tan cansado como mi mente, había decidido tomarse un pequeño break.

Guardé el cuaderno en mi morral y vestido como estaba, me desparramé sobre la cama, al lado de mi esposa. Será mejor dormir y comenzar a escribirlo mañana.

 

¿Qué te pareció este texto?

Comentario