La sombra pasó por detrás, provocándome escalofríos. No la vi, no pude hacerlo. Pero la percibí a mi espalda y me asusté. Lentamente y con mucho esfuerzo, logré darme vuelta para ver aquello que me había sobresaltado, pero no vi nada. El cuarto estaba tan vacío como cuando yo había entrado. Hasta donde yo sabía, en la casa no debería haber nadie más despierto. Sin embargo, no tenía dudas de que alguien había entrado en la habitación. La puerta permanecía cerrada, tal cual yo la había dejado, pero la ventana estaba abierta de par en par. ¿Acaso yo la había abierto al llegar? ¿O la había cerrado y el intruso la abrió para entrar a la casa? Quizás, siempre estuvo abierta y yo no había reparado en ella. Nunca lo hacía. Desde mi asiento, observé detenidamente la habitación sin encontrar ningún detalle extraño. Lo único que me llamó la atención fue la ventana y hacia ella fui.

Asomé mi cabeza y observe arriba y abajo. Dos pisos hacia arriba: nada. Diez pisos hacia abajo: menos. De haber entrado alguien por allí, seguramente sería un hombre araña, de esos que ingresan a los departamentos desde afuera y los saquean. Me ilusioné con que fuera así, para poder escribir una buena historia sobre eso, pero temía que al encontrármelo cara a cara, no pudiera reprimir el impulso de defender mis posesiones e intentar impedir el robo a los golpes. Mis vacilaciones se detuvieron cuando, nuevamente, percibí la sombra a un costado y al mirar hacia allí, pude ver la silueta de una persona reflejándose en la pared. Observé al otro extremo de la habitación, buscando el cuerpo que reflejaba la sombra, pero no pude verlo. No estaba allí. Pestañeé tres veces para asegurarme de que mi saturada imaginación no me estuviera jugando una mala pasada. El cuerpo aún seguía sin aparecer.

Sin moverme, seguí con la vista los movimientos de la sombra. Caminaba por el techo, se escondía detrás de la biblioteca y simulaba volar de un lado al otro. De pronto, desde afuera, un ruido distrajo mi atención, pero antes de que pudiera asomarme, creí ver a la sombra, apoyando el dedo índice sobre sus labios, indicándome que guardara silencio. Resté importancia a lo que creí haber visto, saqué mi cuerpo por la ventana y lo vi, de pie. O mejor dicho, en el aire, suspendido, con sus brazos en jarra, como si estuviera parado sobre alguna especie de suelo invisible. Tragué saliva, nuevamente pestañeé tres veces y guardé silencio. Quería decir algo, pero elegí el silencio. Lo reconocí de inmediato. No hacía falta ser un genio para hacerlo y además, de quién otro podía ser la rebelde sombra que había entrado en la habitación. Disfruté mucho viéndolo intentar alcanzar su sombra y una vez que la tuvo en sus manos y logró sujetarla, me ofrecí a cosérsela a sus pies. Gritó las pocas veces que le clave la aguja en la piel. Quedó en evidencia que, a pesar de mi madre y mi abuela, no era un gran habilidoso con la costura. Cuando la sombra estuvo bien aferrada a su dueño, como corresponde, me invitó a dar un paseo.

“¡La puta, que vale la pena estar vivo!, grité cuando salí volando por la ventana, luego de que me rociara con polvo de hadas. Algunas torpes piruetas y varios minutos después, llegamos a ese lugar que toda mi vida había querido visitar.

—Bienvenido a Nunca Jamás—, me dijo Peter Pan.

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Peter, junto a los niños descarriados, me dieron un agradable tour por todo el lugar. Me mostraron en donde vivían, jugamos durante la tarde y por la noche, cenamos comida invisible hasta estar llenos y recién entonces, con ella hicimos una pequeña y divertida guerra. Intenté encontrar, entre todos los niños que allí estaban, a Rufio, pero recordé que ese personaje había sido inventado para la versión de Hook, protagonizada por Robin Williams. Cuando la noche avanzó, sobre la mesa solo quedamos Peter y yo. El resto de los niños, cansados, se habían acostado a dormir. Le agradecí por haberme llevado a Nunca Jamás. Me respondió que para él, también había sido un placer.

-Mañana,- me dijo- Campanita te rociará con polvo de hadas y te indicará el camino de vuelta a casa.

Me sorprendí con su comentario, porque sonó muy parecido a una orden. Le pregunté si había alguna posibilidad de quedarme unos días más, pero me dijo que no.

—Te voy a explicar algo, Leandro— me dijo. —Acá, en Nunca Jamás, el tiempo no transcurre, eso ya lo sabes. Vivimos en una especie de limbo, en el que nadie envejece. Nosotros, los niños, permanecemos así por siempre. Y ustedes, los adultos, no envejecen. Esto genera que cualquier persona que pisa la tierra de Nunca Jamás, deseé quedarse para siempre. El tiempo no pasa y cuando el tiempo no pasa, no hay apuros, no hay urgencias, no hay prisas y todos vivimos tranquilos. Somos felices. El único problema que podemos tener aquí, en Nunca Jamás, es que Garfio nos sorprenda con alguna de las suyas, pero como tenemos todo el tiempo del mundo para prepararnos y defendernos, nunca nos podrá vencer.

Yo lo escuchaba con fascinación. Todo lo que decía, me gustaba. Si su intención era convencerme de no quedarme en Nunca Jamás, había elegido el discurso equivocado.

—Entiendo que te guste, —dijo —que te parezca interesante. ¿A quién no le gustaría vivir acá y no marcharse nunca más? Pero te voy a decir algo que no vas a poder rebatir: si pertenecieras a Nunca Jamás, te hubieras extraviado cuando eras un niño. Como todos nosotros —dijo señalando las carpas en donde dormían los chicos descarriados. — Y sin embargo, eso no pasó. Así que te aseguro que tu lugar no es este. Que allá, en tu hogar, tenés cosas que hacer… Tenés tu propio Nunca Jamás.

Sonreí. Comprendí a la perfección a que se refería. De un pequeño salto, se puso de pie sobre la mesa. Con los pies algo abiertos, los dedos apuntando hacia afuera y sus brazos en jarra me dijo que lo pensará durante la noche y tomara la decisión al día siguiente. No tuve que hacerlo. Busqué a Campanita por toda la aldea. La encontré, aunque debido a su diminuto tamaño y a que estaba durmiendo, no me resultó sencillo. Me regaló la cantidad justa de polvo de hadas como para llegar a mi casa y me indicó el camino de regreso. Dejé atrás Nunca Jamás sin mirar atrás. Tenía miedo de no poder marcharme si lo hacía. Me lamenté de no haber vivido ninguna aventura emocionante y de no haberme cruzado con el Capitán Garfio, pero sabía que en casa me aguardaban muchas historias por demás interesantes.

Entre por la ventana que yo mismo había dejado abierta y me prometí jamás volver a cerrarla. Entré al cuarto en donde dormían mis hijos y los vi: uno estaba rodeado de juguetes y el otro, se había dormido con el libro que estaba a punto de terminar encima de su pecho. Les di un beso a ambos y salí del cuarto intentando no hacer ruido.

Comprendí que ellos eran mí Nunca Jamás, la mejor forma de intentar no crecer y de seguir siendo niño por siempre. Cada momento en el que, juntos, jugamos tirados en el piso con los juguetes, o intentamos acertar al aro de básquet con la pelota, o miramos dibujitos; los mismos dibujitos que se repiten desde hace casi diez años, intentamos ganarle la batalla al tiempo. Los relojes se detienen y todos nos unimos en una línea atemporal en la que es imposible crecer o madurar. Igual que en Nunca Jamás.

Cerré la puerta de su habitación con cuidado y antes de acostarme a dormir —resulta que volar consume muchas energías—, me acerqué a mi escritorio, el mismo en el que estaba sentado cuando la escurridiza sombra de Peter Pan entró a la habitación. Moví el mouse de la computadora para que el protector de pantalla desapareciera y vi, sobre el monitor, un archivo de word que aún permanecía en blanco. Me senté a tipear a un ritmo enloquecido y mientras las letras negras, se adueñaban de lo blanco del documento, me di cuenta de que ese también era mi propio Nunca Jamás.

Audio: La banda de los niños perdidos

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