Musas y demonios

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El artista está condenado desde el primer momento. Desde el instante en el que se sitúa de pie frente al lienzo y comienza a visualizar lo que allì desea plasmar. Puede elegir cualquier gama de su paleta de colores. Puede realizar una obra iluminada, clara, optimista pero el primer trazo es oscuro. Tan oscuro como el cielo que puede ver por la ventana de su estudio. Observa con detenimiento ese primer y único trazo e imagina que no logrará convertirlo en nada bueno. Evalúa tirarlo. Romperlo. Tal vez prenderlo fuego para que nunca nadie pueda ver allí el reflejo de su alma oscura.

Siempre comienza con un trago. Cualquier bebida fuerte que ahuyente sus fantasmas y listo. Sus musas acuden y lo llenan de ideas, de momentos, de sensaciones. Las escucha y obedece pero se hace el distraído cuando ellas discuten con sus demonios. Las musas les ruegan que se vayan, que no regresen, que lo dejen en paz. Pero los demonios se las comen, las aplastan, las escupen. Las obligan a esconderse y a desaparecer durante el resto de la noche para hacerse ellos cargo del artista, susurrando desde adentro para influenciarlo.

Él no quiere escucharlos y bebe. Bebe rápido y mucho. Una copa tras otra. No hay espacio para pensar o reflexionar. Pinta y bebe. Bebe y pinta. Siente que cuando lo hace logra espantar a sus demonios pero aunque no pueda escucharlos su influencia se hace notar sobre el lienzo.

Creyó que el primer trazo sería feliz. Alegre. Tal como se sintió en el momento en que se dispuso a crear; tal como toda la vida fue para él el acto de pintar: feliz, alegre, liberador. Pero ahora no. La pintura lo agobia y lo ensombrece. Se cierne a su alrededor y no lo suelta. Lo aprieta y lo obliga a retratar sus peores miedos. Si fuera por él dejaría de pintar hoy mismo. O ayer. O antes de ayer. Ya no quiere pintar más pero no puede evitarlo. Es lo único que su cuerpo sabe hacer, además de beber, claro, y no puede pasar una sola noche sin hacer ambas.

Entonces pinta. No pinta lo que quiere como antes. Pinta lo que puede. Lo que le dicen sus demonios. Ese primer trazo que debìa ser alegre es oscuro y triste. Pesado como si estuviera hecho con bronca. Una línea gruesa que recorre el lienzo en diagonal y deja una mancha de pintura negra disolviéndose de izquierda a derecha. No tiene forma de nada. No hay manera de que alguien pueda adivinar, con solo ver ese trazo, de qué tratará ésta obra. Sin embargo él lo sabe.

Sus demonios se lo han dicho, claro, y parecen haber tomado el control de su cuerpo para hacerle dibujar aquello que él no quiere. Si ustedes lo vieran dibujar se sorprenderían de verlo arrojando pincelazos sueltos a diestra y siniestra, con los ojos cerrados, negándose a ver la forma que van tomando. Porque eso es lo que más lo sorprende cada vez que abre los ojos para volver a beber o para abrir una nueva botella y arrojar la vacía contra la pared: Que la obra va tomando forma. Una forma oscura, pesada, pero que le gusta. La odia pero le agrada. Comienza a notar que le gustará a todo el mundo y que podrá ganar unos cuantos billetes cuando la venda. Se alegra y entristece al darse cuenta de cuánto representará en su vida, en su carrera.

Él quería pintar con luz. Con colores. Pero terminó pintando en tonos grises y negros. Él quería pintar una obra para transmitir alegría, paz, felicidad, vida y terminó pintando muerte, tristeza, terror.

¿Qué demonios le pasó a éste artista? ¿Fue la guerra? ¿Fue su padre? ¿Fue el alcohol? ¿La proximidad de la muerte? Nadie lo sabe. Él tampoco. La diferencia es que a los demás no le importa pero a él si.

Observa su obra terminada mientras bebe otro trago y se pregunta qué fue lo que pasó para terminar así. Su pintura le encanta pero le da miedo. Se siente triste, agotado. Sabe que no podrá descansar hasta desvanecerse por el alcohol. Dormirá sobre el piso como casi todas las noches o sobre la mesa, si tiene suerte de arrastrarse hacia ella luego de desmayarse. Son pocas las noches en las que logra llegar de pie hasta su cama y dormir como lo hacía antes de convertirse en lo que ahora es. Donde sea, dormirá y soñará con esa pintura. Con ese hombre que no es nadie y que al mismo tiempo es todos. Que también pudo ser él pero no fue.

Soñará con ese hombre que lo buscará entre sueños para pedirle que lo salve. Que no lo deje ahí. Que se quede con él. Pero no podrá hacer ninguna de esas cosas. Correrá para alejarse de lo que deja atrás sabiendo que por delante no lo espera nada bueno. El hombre de la pintura gritará y llorará. Escuchará su nombre en boca de la muerte que rodea al protagonista, que no es nadie y es todos, que pudo ser él mismo pero no fue, y correrá más fuerte para dejar de escucharlo. No lo logrará porque, aunque no pueda verlo, aunque esté lejos de allí, aunque no exista y sea una pintura surgida de su imaginación, su voz lo perseguirá incluso cuando despierte y solo podrá callarlo con el alcohol.

Siente que ya es momento. Su organismo está intentando defenderse del veneno que bebió durante toda la noche y con el próximo sorbo llegará el vómito. Se moverá hacia el costado para no ensuciar el lienzo con sus desechos y luego de vomitar, junto al alivió, llegará el sueño. Antes del último trago observa su obra y la vuelve a odiar. Siente el impulso de destruirla para que nadie más la vea pero sabe que ni sus demonios ni sus musas se lo permitirán.

¡Malditos sean ambos! Finalmente se pusieron de acuerdos y todos están satisfechos. Todos menos él, prisionero de ambos y rehén de los miedos que se niegan a abandonarlo para ayudarlo a crear. ¡Malditos sean todos!

Bebe y vomita.

Se desvanece y duerme.

 

 

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