Músico de abordo

Músico de abordo - AjenoAlTiempo.com

Los viajes de ida eran incómodos, apretados y calurosos aunque fuera pleno invierno. Subía en Lanús, con el tren ya repleto, y durante varias estaciones los vagones continuaban cargando pasajeros hasta que de una buena vez, comenzaban a vaciarse. Mi viaje continuaba hasta el final de la línea y muchas veces, desde allí, tomaba algún otro transporte para llegar a mi destino. Por las noches, en cambio, durante el regreso, los trenes salían vacíos de la estación y el trayecto se hacía cómodo y placentero. En mi mochila siempre llevaba un libro, un reproductor de mp3, una manzana y una botella con agua. En ocasiones, el recorrido era tan largo que podía comer, leer y escuchar algo de música antes de llegar a casa.

Fue durante uno de estos largos regresos, mientras viajaba leyendo en uno de los cómodos asientos naranjas del tren Roca, cuando  noté que un muchacho se preparaba para interpretar una canción con su guitarra. Deseando que no fuera uno de los tantos imitadores de Joaquín Sabina que suelen torturarnos con espantosas versiones de Y Nos Dieron las Diez, guardé mi libro en la mochila para no perderme detalle del show. Los músicos de abordo siempre llamaban mi atención y procuraba tener reservada alguna que otra moneda para ofrecerles luego de que nos regalaran un mágico momento como el que estaba por comenzar. A menos, claro, que ese regalo fuera una nueva versión de Y Nos Dieron Las Diez.

El músico en cuestión no tenía más de veinte años y los primeros acordes que salieron de aquella vieja guitarra sonaron bastante bien. Era una melodía lenta que evidenciaba una canción de amor. La dulce voz del muchacho comenzó a hacerse lugar entre el poderoso ruido del tren sobre las vías y a viajar, con algunas intermitencias, hasta el asiento de cada uno de los que allí estábamos sentados. El sosegado ánimo de los pasajeros nocturnos, brindaba al espectáculo un marco de respeto y atención que difícilmente hubiera logrado en otro momento del día.

No recuerdo la letra exacta pero estoy seguro de que narraba algún desamor. Se trataba de un hombre sin el coraje necesario para declararle su amor a una mujer y que cantaba esos dulces versos con la esperanza de que alguna vez, ella los oyera. La suave voz de este ocasional cantor interpretaba las palabras como si fueran suyas, con una pasión y un compromiso que extrañamente pudiera tener para una letra que no hubiera sido por él compuesta. Di por sentado que el tipo sentía o alguna vez había sentido aquello que cantaba y que, tal vez, fuera el autor de aquella hermosa canción. Sería, en ese caso, la primera vez que veía, sobre el tren, a un músico interpretando su propia obra, tomando el riesgo de perder la atención del pasaje al cantar canciones desconocidas para ellos.

La segunda canción que ejecutó, luego de ganarse algunos tibios aplausos de su ocasional público, fue similar a la primera. Casi los mismos acordes, casi la misma letra, exactamente la misma pasión al cantarla. Nuevamente, aquella historia que salía de su boca, viajaba en forma de música desde donde el muchacho tocaba la guitarra hasta mi lejano asiento. La pasión con la que el muchacho ejecutaba aquella desconocida pieza musical me permitía sentir en carne propia la historia por él cantada. Era yo quien se sentía enamorado cuando cantaba sobre su amor no correspondido, o triste en aquellos pasajes en los que describía su padecimiento.

Los aplausos que acompañaron el final de la segunda canción, dejaron en claro que no había sido yo el único conmovido con este joven cantautor. El muchacho agradeció la pequeña ovación y no sin algo de incomodidad, avisó que recorrería el vagón en busca de la tan esperada colaboración del público. Advirtió, antes de hacerlo, que nadie debía sentirse obligado a darle dinero ya que para él, era suficiente con el aplauso recibido. Busqué las monedas destinadas a ese fin en uno de mis bolsillos y agregué algún que otro centavo extra de los que había ahorrado al subir al tren sin pagar el boleto.

Mientras esperaba a que el muchacho pasara por mi asiento, verifiqué en mis bolsillos que me quedara suficiente dinero para pagar el boleto del colectivo que aún me faltaba tomar. Observé al músico detenerse en casi todos los asientos para recibir alguna moneda y cuando lo tuve frente a mi, me aseguré de captar su atención, extendiendo mi mano hacia la funda de la guitarra que hacía las veces de gorra recolectora y demorando el momento de soltar las monedas en su interior, para obligar al muchacho a que hiciera contacto visual conmigo.

Tal como lo había planeado, al no escuchar el sonido de mis monedas cayendo sobre las que ya había recolectado, se vio obligado a detenerse durante una fracción de segundo y a observarme para entender a que se debía mi demora. Una vez que logré captar su atención, le agradecí por el momento que me había regalado y le pregunté aquello que tanto me había intrigado desde que comenzó a cantar: “¿Las canciones son tuyas?”

Visiblemente apurado por terminar de recolectar el dinero antes de que el tren llegara a la siguiente estación y tuviera que pasar al siguiente vagón para volver a actuar pero delante de otros pasajeros, me respondió que no. Las canciones no eran suyas y para mi sorpresa, decidió completar la información al brindarme el nombre exacto del verdadero dueño de las palabras que tanto me habían conmovido. “Son de Leo Matioli”, dijo antes de continuar recolectando dinero por el resto del vagón.

Esa fue la última vez que me dejé conmover por un músico y jamás volví a confiar en uno de ellos.

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