image

La imagen se repetía en todos los canales y me imagino que también en muchos hogares del país: padres abrazando a sus hijos; abuelos abrazando a esos padres. Todos ellos llorando. Imagino también que, a esa hora, se habrán realizado varios llamados telefónicos entre padres e hijos separados por kilómetros y océanos, ambos llorando frente a una pantalla, cada uno con su correspondiente huso horario. No puedo dejar de pensar que deben haber sido muchos los que al finalizar el partido, alzaron sus lágrimas al cielo, abrazando así, a esa persona que les inculcó el amor por los colores.

En Argentina el fútbol es un mandato familiar. Muchos niños llegan al mundo y ya tienen su carnet de socio, la camisetita del equipo de su padre y un osito con el escudo correspondiente. Si el progenitor, quizás porque no lo gusta el fútbol o porque pretende darle libertad de elección a su hijo, no llega a ejercer la influencia necesaria sobre el bebé, será el padrino, un tío o el abuelo materno el que se encargará de decirle al niño por que club debe hinchar.

Eso es lo que pudo verse el domingo en el momento en que el partido llegaba a su fin y Racing Club volvía a ser campeón después de 13 años. Familias completas fundiéndose en un abrazo. Abuelos, hijos y nietos, unidos y llorando de felicidad por el amor a esos colores. Durante las horas previas al partido, podían leerse en redes sociales, diferentes testimonios de hinchas de La Academia que confesaban haberle recriminado alguna vez a sus padres por enseñarles a amar esta camiseta. No es para menos. Pasaron trece años desde la última vez que Racing salió campeón y antes de esta, habían pasado 35 años. Es probable que durante esos años haya nacido y crecido algún hincha de Racing que falleció sin ver a su equipo campeón. Puede ser.

Algunos niños reniegan de sus padres por haberlos hecho de Racing. No fue fácil pasar 35 años y luego 13 más sin títulos, pero todos esos problemas familiares se solucionaron el último domingo, cuando Diego Milito levantó la copa del torneo de transición.

Mi caso, en cambio, es diferente.

Yo soy el primer y único hincha de Racing de mi familia. Ni mi padre, ni mi abuelo, ni un tío o un amigo de la familia me indujo de alguna manera el amor por estos colores. Lo mío fue una decisión, pensada, meditada, quizás no con la suficiente inteligencia, pero realizada con convicción. A mi padre no le gusta el fútbol y es hincha de Independiente (dos características que suelen ir juntas). Jamás hablamos ni discutimos por los colores, ni siquiera cuando vivíamos juntos y nuestros equipos se enfrentaban entre ellos. La primera vez que fui al cilindro, lo hice gracias a un amigo de la familia (hincha de Boca) que tuvo la gentileza de acompañarme y abrazarme cuando Racing metió un gol.

Justificar mi elección no ha sido sencillo a lo largo de mi vida. No había una razón, no había una explicación. Lo único que había era un sentimiento desarrollado y alimentado a través de años inciertos, con resultados dispares y muy pocos éxitos. Sufriendo las cargadas de mis amigos, perdiendo apuestas y sin poder echarle la culpa a ningún familiar. La decisión había sido mía, por lo que la frustraciones también lo eran.

Los éxitos, también.

2001 había sido uno de mis años menos futbolísticos. Caminaba desde mi casa al club Transporte, en donde daba clases de artes marciales, cuando escuché los festejos del primer título en 35 años. No había visto los primeros partidos del campeonato y por cábala no quise ver los últimos.  Dio resultado. Con el país prendido fuego, Racing salió campeón y yo celebré caminando por la calle Carlos Casares de Lanús, mirando al cielo y agradeciéndome a mi mismo por la elección. Al igual que este último domingo, cuando emocionado, veía por segunda vez a mi equipo dando la vuelta olímpica.

Hace algunos años había pensado en abrir un blog para escribir en él lo que no puedo hablar con ninguna persona de mi familia. Narrar historias, vivencias y reflexiones sobre el presente de Racing, pero no lo hice porque estaba enojado con el fútbol. Los dirigentes, los gobernantes, los barrabravas, los directores técnicos especulativos se robaron el fútbol. Se lo llevaron con ellos y lo vendieron. Lo remataron. El fútbol fue para todos, pero lo goles no fueron para nadie. Para ver buen juego,  tuvimos que sintonizar los partidos de España,  Italia, Alemania o Inglaterra y los niños en la calle, caminan con camisetas de colores extranjeros. Pero como dijo El Diego “La Pelota no se mancha”. La pelota sigue rodando.

Después de varios años decepcionado y alejado del fútbol; tanto tiempo sin ver un partido completo; de sentarme frente a la TV sin expectativa, el fútbol logró volver a enamorarme y hacerme llorar dos veces en el mismo año. La primera fue cuando Chiquito Romero (ex arquero de Racing) atajó aquellos dos penales en el mundial y llevó a la Selección Argentina a la final después de 24 años.

La segunda, fue este domingo, cuando el equipo de Milito, Saja, Bou y Videla, mi equipo, ese que elegí cuando era niño, ese para cuyo amor por la camiseta no tengo explicación, volvió a coronarse campeón haciendo que el fútbol, para mí, vuelva a ser el más lindo de todos los deportes.

image

¿Qué te pareció este texto?

Comentario