Los nervios me dominan. No me dejan en paz.

No puedo alejarme de ellos ni siquiera dormido. Doy vueltas en la cama, pataleo, me tapo y me destapo y hasta he llegado a caerme de la cama de tanto moverme. No tengo pesadillas ni sueños malos. Simplemente tengo nervios.

Antes de alcanzar el sueño, esporádicas descargas eléctricas hacen que mis piernas arrojen patadas como si intentaran defenderse de algún agresor. Mi somnolencia se ve interrumpida por ese violento movimiento que sacude cama y cuerpo y que me obliga a buscar otra posición casi tan incómoda como la anterior. Me duermo agotado, con los músculos de la espalda y las pantorrillas doloridos de tanta tensión.

Con el llegar del sueño nada mejora. La sensación de los problemas cotidianos me rodea, altera mi descanso y me hace despertar en la mitad de la noche para tomar agua, hacer pis o simplemente para dar una vuelta por el cuarto hasta convencerme de haber remplazado el pensamiento en cuestión por otro que tal vez me preocupe menos.

Y despertar… Despertar es quizás la peor parte de irme a dormir. Ya no recuerdo cuando fue la última vez que amanecí con la sensación de haber descansado. Con ese bienestar que resulta tan útil para seguir durmiendo como para levantarse y comenzar el día. No importa si es temprano o tarde, al abrir los ojos y tomar consciencia de que debo ponerme en acción siento como si un grupo de rugbiers violentos (valga la redundancia) me hubiera dado una de esas palizas que acostumbran mostrar en los noticieros.

La nuca, las piernas, la cintura… cada articulación del cuerpo me pasa factura por la noche sufrida, por la falta de sueño, por la intranquilidad habitual de un cerebro que no logra desconectarse ni siquiera un segundo de la espantosa realidad.

La ducha, la paja matutina, el café que en ocasiones cambio por un té de tilo… Nada consigue darme la sensación de estar realmente despierto. No dormir bien durante tantas noches seguidas me hace vivir en una especie de ensueño permanente en el que las situaciones de la realidad se mezclan con las de mis sueños y me impiden diferenciar las que realmente son ciertas de las que no.

¿Acaso fue real la rubia con la que cogí a la salida del trabajo el último miércoles o lo que realmente hice aquella noche fue atravesar la ventana de la oficina en medio de la pelea con mi jefe?

¿Será que de una vez por todas me despidieron de mi trabajo o habré quedado en encontrarme nuevamente con la rubia para otra sesión de sexo, esta vez ya no tan casual?

Las noches son largas y pesadas pero los días lo son aún más, intentando mantenerme despierto en pesadas reuniones y charlas con clientes. Haciendo esfuerzos por no divagar en pensamientos fugaces y conservando la atención ante las intrascendentes conversaciones con mis jefes y supervisores. Realizando un esfuerzo subhumano por mantenerme despierto durante los breves traslados que debo hacer de un lugar hacia otro. Si al menos tuviera que hacer algún viaje largo, tendría la posibilidad de saber si el andar del colectivo me facilitaría el sueño o no.

Solo dos cosas logran calmarme y dejar mis nervios y preocupaciones de lado durante algunos minutos: Comerme las uñas y escribir.

Escribir es fácil porque no escribo ficción, ni crónicas ni ensayos. Simplemente escribo sobre mis nervios y cuánto me afectan. Lo mal que me hacen. Intento retratarlos lo mejor que puedo y mientras me pierdo en adjetivos y descripciones, cuanto más adentro de ellos logro meterme, más de lado parecen quedar. Mi mente se despeja, se abre y se concentra en palabras, verbos y adverbios; puntos seguidos y aparte que se alternan para darle forma a un texto que nadie jamás leerá porque nunca publicaré ni siquiera en ese estúpido blog que abrí hace algunos años y que permanece vacío desde entonces.

Leo y releo lo escrito mientras dejó enfríar un té que jamás tomaré. En lugar de hacerlo, comienzo a morderme las uñas de algún dedo, preferentemente de la mano izquierda para poder, con la otra, borrar y volver a teclear.

Empiezo siempre con la del meñique porque es la que más cómoda me queda. Mientras golpeo, una y otra vez, el talón derecho contra el piso como si tocara la batería en una banda de Trash Metal, mis dientes le dan pequeños mordiscos a la uña de mi dedo chico intentando cortarla pareja. Mordiendo, encuentro padrastros que también arranco y al sentir esa minúscula partícula de piel desgarrándose, además del dolor, logro despejarme de aquellos problemas que impiden mi normal interacción con el resto del mundo y al haber probado, sin intención, esa efímera paz busco otros pedazos de piel endurecida para arrancarlos y prolongar, tanto como se pueda, la aguda sensación que me produce el desprendimiento de esa diminuta capa de piel.

A medida que las voy comiendo o escupiendo, dependiendo de lo que el impulso me dicte, chupo las pequeñas gotitas de sangre que emergen de mis dedos y percibo el placer de ese sabor tan salado como dulce que sale de mi propio cuerpo. Entonces vuelvo a morder intentando arrancar ya no un simple padrastro sino otra capa de piel que mantenga la sensación de dolor y deje de lado mis habituales preocupaciones.

Es curioso como, concentrado en una tarea un tanto autodestructiva, logro olvidar mis problemas y enfocarme en algo más estimulante como encontrar, con la boca, alguna otra puntita de piel levantada que me permita morderla y tirar hacia afuera para arrancarla de a poco. El dolor es intenso y breve pero mientras perdura tengo el impulso de detenerme para aliviar el dolor. Es entonces cuando debo apelar a mi mayor concentración y continuar con mi tarea aunque todo mi cuerpo quiera evitarlo.

En ocasiones la mano se aleja repentinamente producto de un reflejo y provoca que el desgarro de piel sea incluso mayor del que yo pretendía causar. Es divertido experimentar en primera persona, semejante desdoblamiento entre cuerpo y mente en situaciones extremas.

No me detengo allí. Cuanto más dolor siento más profundo quiero llegar con mi mordida. Las uñas son apenas una anécdota. La puerta de entrada a este universo de sensaciones que se esconden detrás de ellas. Eventualmente vuelvo a morder lo que queda de alguna pero me concentro en la piel porque la intensidad del dolor es cada vez mayor y la sangre, que en principio apenas goteaba, comienza a ser un flujo constante de color rojo y tibio que decora las irregulares yemas de mis dedos.

Tardo en tomar consciencia de la diferencia entre unos y otros. De hecho, en la mano izquierda, pareciera haber ahora dos meñiques. Al parecer el dedo anular ha sufrido una mutilación mayor a los demás y ya cuenta solo con dos falanges y, claro, un abundante borbotón de sangre que sale de él. Me llama la atención el hueso, con restos de carne a su alrededor que intento desprender con las punta de los dientes y chupando con la lengua hasta dejarlo tan limpio como pueda. Lo muerdo. Intento hacerlo pero no puedo. Es bastante más duro que mis dientes y aunque intente romperlo con las muelas no tengo forma de quebrarlo.

La otra mano, la derecha, con la que hasta hace algunos minutos estaba tecleando se encuentra intacta. Apenas algunas gotitas de sangre asomando entre las uñas y los dedos. La veo y me parece un auténtico desperdicio por lo que me dedico, esta vez usando todos los dientes, a intentar emparejarlas y dejar a las dos igual. Ya no le doy pequeños y delicados mordiscos sino que arranco los pedazos de carne y piel directamente con las muelas. Trago lo que puedo y escupo lo que no. A medida que avanzo y logro limpiar los huesos, las falanges de los dedos se van cayendo y me permiten alcanzar lugares a los que no hubiera llegado si las manos estuvieran aún en su lugar.

La muñeca es lo que sigue y la cantidad de tendones y articulaciones que encuentro le dan un sabor y una textura bastante particular. Hasta puedo masticar algunos de esos pequeños huesos y los que no me los trago directamente. La muñeca en una mano, el codo en la otra y luego los biceps. Cada parte más sabrosa y cuanto más muerdo más me concentro en percibir los diferentes sabores y texturas. Ojalá no estuviera tan gordo y pudiera morderme los dedos de los pies para volver a empezar.

He perdido noción del tiempo y no tengo idea de cuanto llevo haciendo esto pero no importa. Por primera vez en mucho tiempo me siento relajado y con es sueño comienza a apoderarse de mi ser. Quisiera seguir comiendo pero no puedo desaprovechar la primera oportunidad que tengo de dormir profundamente.

Me dejo caer mientras muerdo y chupo lo que queda de mi antebrazo izquierdo y así me duermo, probando los restos de mi propio cuerpo y de una vez por todas logro descansar en paz.

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