La de Pedro es una historia conocida por la mayoría de las personas que se interesan en la literatura, pero fundamentalmente por aquellos que se vuelcan a la escritura y dedican algo de tiempo a investigar sobre la vida y obra de autores conocidos y otros no tanto.

“¡Qué no te pase lo mismo que a Pedro!” acostumbran aconsejarle quienes conocen la historia, a aquellos que insinúan que les gustaría convertirse en escritor.

Se dice que Pedro fue una persona común, un empleado administrativo en alguna pequeña-gran empresa que entre papeles y papeles, siempre se hacia un tiempo para narrar historias. Hacerlo, para él, era una forma de escapar mentalmente de su tedioso trabajo.

Pedro era el mejor empleado de todos. Era metódico y puntilloso, por lo que siempre tenía todo en su lugar y cumplía con los objetivos en tiempo y forma. En ocasiones, incluso, llegaba a terminar antes de tiempo para dedicar los últimos minutos de su jornada laboral a escribir, aunque más no fueran unas pocas líneas.

A pesar de su eficiencia, el dueño de la empresa se oponía completamente a que Pedro escribiera dentro de la oficina. No le importaba que fuera el mejor empleado, ni que su dedicación en el trabajo lo ayudara a aprovechar mejor el tiempo. El jefe se sentía  estafado por Pedro cada vez que este escribía, dentro del horario en que él le pagaba para hacer otra cosa. Por eso, si lo encontraba haciéndolo en la oficina, le arrebataba la hoja y se la rompía delante de todos sus compañeros. En más de una ocasión, llegó a decirle que prefería verlo cruzado de brazos, a tener que soportarlo escribiendo dentro de su horario laboral.

Pedro jamás dejó de escribir, aunque tuvo que hacerlo a escondidas. Desarrolló una habilidad especial para mezclar las hojas de sus manuscritos con las de su trabajo cuidándose de no ser visto y si bien, de vez en cuando era pescado en pleno acto literario, no le llevaba más de algunos minutos reescribir la hoja destruida por el jefe.

Durante su infancia, había sido un niño muy introvertido y durante su adultez, su personalidad reprimida seguía causándole mucho sufrimiento. Era exactamente de eso, de lo que Pedro escapaba en cada palabra que escribía. Sus personajes eran extrovertidos, exitosos y siempre tenían sexo con muchas mujeres. Justamente todo lo contrario a lo que podría haber contado Pedro sobre su propia vida.

Se casó con la única novia que tuvo, a la que conoció en la secundaria. Volver a casa para estar con ella era el mejor momento del día. Con su esposa, Pedro era todo lo que no podía ser con los demás. Con ella se reía, hablaba en voz alta, cantaba y bailaba. Cada libro que leía Pedro se lo contaba a su esposa y ella lo escuchaba con atención. Pedro le hablaba sobre la vida de sus autores favoritos. Donde nacieron, como crecieron y cuáles fueron sus motivaciones para escribir.
También le contaba sobre sus personajes. Sobre los que ya había escrito y sobre los que escribiría en un futuro. Ella conocía la historia de cada uno de ellos, inclusive conocía datos que jamás serían plasmados en papel pero que estaban en la cabeza de Pedro. Él hablaba sobre ellos como si fueran personas reales y el entusiasmo que ponía en cada palabra que le decía a su esposa, a ella la cautivaba.

Era tan metódico y constante Pedro, que durante varios años se había dedicado a escribir una novela. Sin prisa alguna, dedicó miles de minutos robados de su trabajo para escribir no más de dos o tres páginas por día. Por la noche, luego de la cena, se ocupaba de corregir y de pasarlo todo a máquina. Continuó haciéndolo durante cinco años, hasta que un día logró ponerle punto final a su obra maestra. De la cual estaba completamente enamorado y orgulloso y a pesar de releerla una y otra vez, no lograba encontrar una palabra, un signo de puntuación o un acento para seguir corrigiendo.

Ahí fue cuando Pedro, entró en esa ingrata etapa en la que el escritor pasea de editorial en editorial, buscando alguna que se digné a publicarle su libro. Al darse cuenta que conseguir que se lo editaran sería tan, o más difícil que escribirlo, se decidió a ahorrar, también metódicamente y sin prisa, el dinero necesario para publicarlo él mismo.

Su esposa, como siempre, también lo apoyaba en este nuevo emprendimiento que tanto apasionaba a su marido. Ella había comenzado a separar algo de dinero de su sueldo para editar la novela, pero como este, era mucho más bajo que el de su esposo, la cifra que ella lograba ahorrar resultaba ínfima.

Aún no he contado que ella era una humilde empleada de un estudio jurídico que se encargaba de la limpieza del lugar, ni que tenía una excelente relación con sus jefes, quienes confiaban plenamente en ella y la ayudaban en todo lo que necesitara. Uno de ellos fue quien, sin intención alguna, encontró el manuscrito que ella había olvidado en el cuarto dónde guardaba sus herramientas de trabajo, se lo llevó a su casa y lo leyó de corrido durante la noche, atrapado desde la primer pagina hasta la última. Completamente fascinado con la historia y conmovido por el sorprendente final.

Por la mañana se lo dejó a su esposa para que le diera su opinión, recibiendo antes del mediodía el llamado de esta, que dijo estar encantada con la historia y preguntó quién era el autor de semejante obra de arte. Al día siguiente fue el turno del otro jefe, quién también quedó fascinado por la historia, aunque este no lloró, porque era un tipo recio, pero su sentido comercial le dijo que estaba frente a un futuro best seller.

Ambos abogados usaron sus influencias y dinero para imprimir el libro, diseñar la portada y planificar la estrategia de marketing, sin decirle una sola palabra del plan a ella, que nada sospechó, porque al segundo día encontró el manuscrito en el mismo lugar dónde lo había dejado, sin saber que sus jefes lo habían fotocopiado.

Cuando Pedro y su esposa recibieron el llamado, estaban cenando frente al televisor. Como siempre, fue ella quien atendió y se quedó pasmada al escuchar, de propia voz de uno de sus jefes, la noticia que nunca había esperado. Hizo que su marido se sentara en el sillón porque temía que fuera demasiado intenso para él, escuchar lo que estaba a punto de decirle.

Comenzó desde el principio: le explicó que era tal la pasión que él tenía por los libros, que había logrado transmitírsela a ella. Tal el entusiasmo con el que él hablaba de sus personajes, que cada día al regresar de su trabajo, en lugar de acostarse a dormir, ella se sentaba a escribir.

Con mucha dificultad, utilizando el diccionario para encontrar las palabras exactas, logró después de tres años, escribir algo que le pareció que valía la pena. Llevaba el manuscrito en su bolso para repasarlo y corregirlo en el viaje de cuarenta minutos que cada día hacia para ir y volver del estudio. Así fue como lo olvidó y lo encontró uno de sus jefes y ahora, él mismo la había llamado para avisarle que ya estaban impresas las primeras cien mil copias y la campaña de marketing comenzaba esa semana, con una entrevista en el programa de televisión con más audiencia del país.

Y aquí es cuando la historia se convierte en leyenda. Algunos dicen que Pedro miraba la entrevista  a su esposa, fumando un habano sentado en el mismo sillón en el que había recibido la noticia. Fue a la mitad de la entrevista, que Pedro no pudo resistir la frustración y con el mismo habano prendió fuego el manuscrito de su novela y con él, el sillón. Permitiendo que las llamas se expandieran por toda la casa y aunque nadie estuvo ahí para verlo, se dice que permaneció allí sentado, incluso, mientras el fuego se apoderaba de su propio cuerpo.

Otras personas, dicen que en la mitad de la entrevista, Pedro se levantó, tomó el manuscrito, el dinero ahorrado, un bolso con algunas pertenencias y desapareció para siempre. Su esposa, hoy en día, es una de las escritoras argentinas más reconocidas por el público, la cual oculta y niega esta historia cada vez que le preguntan por ella.

De Pedro nunca más se supo nada.

A medida que la leyenda fue creciendo, decenas de editores salieron a buscarlo para publicar su novela. Se dice que alguna vez alguien lo encontró, pero no logró convencerlo. Pedro aún conservaba el manuscrito pero ya no tenía intenciones de darlo a conocer.

Algunos cuentan que Pedro, el escritor (como lo llamaban sus compañeros de trabajo), se convirtió en un linyera que trasnocha en los alrededores de la cárcel de Caseros y que cada noche antes de dormir, vuelve a leer su manuscrito fumándose un habano que nadie sabe de dónde saca.

 

 

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