Me gusta creer que cuando pienso, lo hago en imágenes. Que imagino una situación y la veo en detalle. Percibo el clima, los colores y olores de la escena que me rodea. Que escucho las voces de las personas que me hablan y los sonidos de los vehículos que forman parte de ella. Supongo yo, que así debe pensar un director de cine y así es como me gustaría pensar a mí. Sin embargo, cuando lo hago -cuando pienso- lo hago en palabras, en letras.

Si bien imagino una situación, en lugar de verla y sentirla en su totalidad, tengo en mi cabeza una descripción de ella. Adjetivos y sustantivos que especifican el contexto en el que se desarrolla la escena, que definen que tan fuerte es el viento que agita el cabello de la protagonista, el clima predominante que determina la vestimenta de los allí presentes y finalmente, improviso los exquisitos diálogos de los personajes principales.

Poco antes de alcanzar la adolescencia, ante cualquier situación que me agobiara, debía sentarme y plasmar en un papel la resolución de ese conflicto para sentirme liberado y lograr así, tener el coraje de enfrentarlo de manera relajada. En ocasiones podía llegar a escribir hasta cinco resoluciones diferentes para cada conflicto y finalmente, no poner en práctica ninguna.

Los conflictos a esa edad (al menos vistos desde mi perspectiva actual), no solían ser cosa seria. Generalmente se trataba de algún amor no correspondido o lo que era peor, de un amor no declarado. Alguna jovencita de la cual me enamoraba fugazmente y a la cual me resultaba imposible enfrentar para declararle mi amor. Ese era el momento de sentarme, tomar lápiz y papel, y plantear alternativas combinando elementos de la realidad con otros nacidos en mi imaginación, desarrollando así, mi declaración de amor a la chica del momento. Los finales eran felices en su mayoría, o al menos inciertos. Si no terminaban con un romántico beso, el desenlace me encontraba de la mano de la coprotagonista dando inicio al tan deseado romance.

Luego de redactar esos deseos ocultos, la presión en mi pecho disminuía considerablemente y quizás, esa noche podía llegar a dormir en paz. Al amanecer, antes de partir hacia la escuela, leía lo escrito durante la noche y de esa manera asistía serenamente al encuentro de mi enamorada con la convicción de que la situación, se resolvería de alguna de las alternativas plasmadas anteriormente en papel.

Del dicho al hecho… O mejor dicho: de lo escrito a lo hecho… Nunca logré poner en práctica ninguna de las brillantes ideas vislumbradas durante esa terapia de escritura. Existía un factor que por más esfuerzo que pusiera en el papel, por más que intentara disimularlo con hermosas palabras a su alrededor, no podía modificar tan solo escribiendo: mi jodida personalidad.

Tímido, retraído, antipático y antisocial. Mi personalidad atentaba contra todos mis sueños y deseos, y por más que me esforzara en modificarla, en mejorarla a través de las letras, mi realidad nunca lograba superar a mi ficción. Por eso me resulta tan duro alejarme del papel y del lápiz y por eso también, los peores momentos de mi vida, fueron aquellos en los que me separé de mi afición literaria y me dediqué a vivir la realidad con los pies bien puestos sobre la tierra.

La realidad es dura, es cruel y es muy difícil de cambiar. La ficción en cambio, es un traje hecho a medida. Es como el traje alienígena que usan Peter Parker y Eddie Brock durante una saga entera del Hombre Araña, el cual se adapta al clima, al contexto y a los sentimientos de quien lo lleva puesto. Cuando escribo puedo ser valiente, musculoso y fuerte. Puedo besar mujeres hermosas y hasta desafiar la ley de la gravedad. Puedo morir y volver a nacer una y mil veces. Puedo hacer lo que quiera y lo que sienta.

De esa manera, cuando tengo bronca por algo, en mis textos alguien muere violentamente. Si estoy feliz, seguramente algún lector se ríe al leer lo que escribí. Si tengo miedo, describo ese miedo en detalle para desmenuzarlo delante de todos y así, mostrarme a mí mismo que no hay nada que temer. Y cuando estoy bloqueado, desmotivado o falto de inspiración, escribo textos como este, para recordarme porque nunca debo dejar de escribir.