Este no será el primer texto en el que cuente que soy miope y que además tengo astigmatismo en ambos ojos. El ojo izquierdo, afectado durante años por una avanzada miopía junto con el astigmatismo de siempre, solamente ve un manchón de colores que no diferencia formas ni tamaños y la única manera de corregirlo es usando lentes de contacto.

 

No me lo pregunten a mi porque no tengo idea pero todos los oftalmólogos concuerdan en que no existe una forma de que el cristal de un anteojo pueda tener el tipo de aumento que necesito en ese ojo. Es lente de contacto o nada.

 

Vengo luchando con los lentes de contacto desde la escuela primaria. No me gustan, no me adapto, me molestan. Mis ojos los toleran de manera perfecta pero mi cuerpo y mi mente se resisten a tener una basurita entre el párpado y mi pupila durante tantas horas. Lo cierto es que mi visión se encuentra tan deteriorada que estoy obligado a usarlos y soportarlos.

 

Como si todo esto fuera poco, mi ojo izquierdo es vago y lleva tantos años viendo ese manchón que, aunque tenga el lente de contacto puesto, se niega a mirar y mi cerebro, más vago aún, acostumbrado a procesar las imágenes de un solo ojo, ignora de manera automática todo lo que procede del otro y la única manera de revertir esta situación es ejercitar ojo y el cerebro obligándolos a trabajar en conjunto.

 

Para eso, tengo que tapar el ojo derecho con una especie de parche para que el cerebro se vea obligado a registrar las confusas imágenes que le llegan desde mi ojo izquierdo el cual, a su vez, debe esforzarse por registrar todo con la mayor nitidez posible.

 

Es muy difícil porque aunque el ojo derecho permanezca tapado, el cerebro procesa primero el color negro del parche que bloquea su visión y todo lo que veo a través del ojo izquierdo, aparece como si estuviera cubierto por una cortina de color oscuro. Además, con el ojo malo, percibo los objetos grandes casi con normalidad pero me cuesta mucho enfocar los que son más pequeños.

 

Según el contactólogo, este proceso de ejercicio tengo que hacerlo durante algunas pocas horas al día para que no me genere ansiedad ni malestar y es aconsejable llevarlo a cabo mientras realizo alguna tarea en la que no necesite demasiado a mi visión. Es por eso que cuando me pongo el parche aprovecho para lavar o secar los platos o hacer la cama en caso de que mi señora no se haya anticipado pero no encuentro demasiadas actividades que se puedan realizar con el ojo tapado.

 

Por supuesto que la mayor parte de mi vida transcurre frente a una pantalla, ya sea la de la computadora o la del celular y aunque me cuesta horrores percibir las letras con claridad, me pongo el parche y me dedico a revisar y mentener activas las redes sociales; a leer algún portal de noticias y hasta intentar leer algún que otro libro.

 

Esta última experiencia resulta demasiado pesada ya que demoro mucho en avanzar con la lectura y tengo que esforzarme demasiado para enfocar las letras y poder entender las palabras y oraciones pero lo sigo haciendo con la esperanza de mejorar la visión.

 

Lo mismo con las redes o los chats de Telegram en los que intento mantenerme activo durante los momentos del parche y en los que demoro demasiado, tanto para leer los mensajes como para redactar y enviar la respuesta. Tarde o temprano descubro algun mensaje redactado con error o con alguna palabra que el corrector seleccionó sin que yo pudiera evitarlo y en eso podemos resumir la existencia de este texto: contar y justificar, además de pedir disculpas, si reciben o leen un mensaje de mi autoría pero que no logran entender. Sepan y comprendan, que no ha sido por desconocimiento del lenguaje o por fallas de redacción sino porque ese condenado ojo me sigue haciendo la vida imposible hasta que logre domarlo.

 

Ahora tengo que dejarlos y abandonar el texto aunque me parece que le falta un poquitito de punch al final pero ya es hora de ponerme el parche y volver a ejercitar a ese maldito ojo izquierdo.