Tengo treinta y tres años y ha llegado el momento de comprarme un auto.

No es la primera vez que lo digo, pero si es la primera vez que realmente siento la necesidad de hacerlo.

En varias oportunidades he fantaseado con ir manejando, con la ventanilla baja y el brazo izquierdo bronceándose por fuera de ella, para que todos sepan que soy un conductor, con solo compararlo con el derecho. Además, todos saben que es el conductor quién elije la música que suena durante el trayecto. En ocasiones esta función la puede cumplir el copiloto, pero solo con la estricta autorización de la persona tras el volante.

De todas formas, no es esto lo que provocó mi decisión de comprarme el auto de una vez por todas. Tampoco la quita o “redistribución” de subsidios con su consiguiente aumento de boleto, ni el deterioro del sistema ferroviario. Tampoco tener que viajar apretado todos los días para ir y volver de mí trabajo.

No señor, nada de eso.

Tomo colectivos, trenes y subtes desde que tengo uso de razón. Si el colectivo va lleno, yo sé exactamente donde pararme para que la circulación de la gente que sube y baja apenes me roce. Uso el peso de mi cuerpo para aprovechar la inercia en las frenadas, curvas y contracurvas para no tener que hacer fuerza con el brazo, evitando así todo tipo de contracturas, tendinitis y túneles carpianos.

En el subte, sé exactamente en qué puerta pararme para bajar justo en la escalera mecánica sin caminar un solo metro demás.

He viajado desde Lanús a Ezeiza, Glew, A. Korn, Cañuelas, Quilmes, Gral. Rodríguez y Luján, entre otras localidades. Durante épocas de pobreza tuve que caminar hasta Sarandí y volver colado en el tren.

En bicicleta, he pedaleado desde Luján hasta Jáuregui, Cortinez, Pueblo Nuevo, Open Door. De Moreno a Gral. Rodríguez, ida y vuelta para luego volver en el Sarmiento hasta Once, pedalear hasta Constitución, tomar el tren hasta Lanús y finalmente pedalear hasta casa.

Pero nada de esto me motivó tanto a comprarme un auto como lo que pasó hoy.

No tuve que viajar apretado, tampoco arrancó el colectivo cuando aún tenía un pie en el asfalto, ni tuve que darle mi asiento a una embarazada.

Hoy subí al bondi como todos los días, apoyé la Sube en la máquina y me senté en mi asiento preferido (el último asiento de la fila de uno), apoyé la cabeza en la ventanilla y me dormí para hacer más cortos los cuarenta minutos que duraba mi viaje; pero algo me despertó.

El sonido latoso llegó desde atrás y fue penetrando en mi cabeza hasta despertarme.

Era una especie de música que llegaba desde un celular, sostenido con la mano por un muchacho con gorrita. Había escuchado hablar de esto, pero creí que solo era un mito.

Por alguna extraña razón, este muchacho como tantos otros, se compró un celular de última generación y decidió no utilizar los auriculares.

Los auriculares de hoy en día son siliconados, anatómicos y confortables. Tienen una calidad de sonido óptima, obviamente estéreo que permite escuchar cada minúsculo sonido de la canción seleccionada.

Pero no. Este muchacho eligió escuchar y hacerme escuchar a mí, su música con un sonido agudo, latoso e insoportable.

Fantaseo pensando que pasaría si yo desconectara mis auriculares y sonara Megadeth a todo volumen en el colectivo.

Imaginen si cada persona escuchara la música sin sus auriculares. La bola de sonidos sería insoportable. Un ruido latoso se adueñaría de la situación y quizás, el muchacho de gorrita se pondría sus auriculares, tan solo para mostrar que es diferente.

A menudo pienso como reaccionaria una persona que viniera de un pasado, no demasiado lejano y escuchara la cantidad de ringtones con sonidos de animales, canciones, llantos y risas de bebes, gritos, voces sensuales y otros que se pueden escuchar arriba de un colectivo. Seguramente no resistiría esta locura.

Hoy, yo me siento ese turista. Es demasiado para mí. No creo poder soportar un futuro de celulares reproduciendo música aguda por el altavoz.

Y mucho menos si es reggaeton.

 

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