Despertó sobresaltada y se sentó inmediatamente en la cama para alejarse de la pesadilla que acababa de tener. Intentaba recordar de que se trataba el sueño, pero a medida que pasaban los segundos las imágenes se iban diluyendo, dejándole solamente una intensa sensación de terror. Llevó ambas manos a su rostro para despabilarse definitivamente y respiró hondo dejando el susto atrás.

El sonido de la voz de su abuela llamándola desde abajo, la hizo pegar un salto y contestarle que ya estaba despierta. Se bañó, se peinó y se vistió antes de bajar a desayunar. A medida que el azúcar de la chocolatada y de la mermelada de las tostadas se expandían por su organismo, abandonaba por completo el miedo que se había apoderado de su cuerpo durante la noche y organizaba mentalmente las actividades de su primer día sin clases.

Una extraña sensación la invadió cuando su abuela le pidió que la acompañara a hacer las compras para ayudarla con el peso de las bolsas. Aceptó a desgano y antes de salir alzó a Menguante, su gato siamés, para llevarlo entre sus brazos mientras recorrían los negocios.

Compraron en la verdulería, luego en la fiambrería en dónde Sofí esperaba encontrar a Joaquín, su compañero de escuela del cual estaba enamorada y lo único por lo que lamentaba estar sin clases. Pero él no estaba allí. “Seguramente aún duerme”, pensó.

El último negocio al que entraron fue a la carnicería. Mientras la abuela le contaba que el viejo carnicero se había jubilado y uno más joven había quedado a cargo, una nueva sensación de miedo perturbó a Sofí. Entró temerosa al negocio, abrazando fuerte a Menguante.

Desde la parte de atrás del local, el nuevo carnicero avanzó hacia el mostrador y saludó a la abuela, luego miró a Sofí y durante un instante se quedó observando el gato.

-¡Qué lindo!- exclamó. -¿Cómo se llama?

Sofí no respondió. A pesar de que el carnicero era un muchacho joven y apuesto, ella sentía terror ante su presencia. Mantenía la mirada en el piso y abrazaba con desesperación a su mascota.

-Menguante…- respondió la abuela cuando se dio cuenta de que su nieta no lo iba a hacer. No quería que el nuevo carnicero se quedara con una mala primera impresión de ella.

Conversaron un rato sobre lo lindo que eran los gatos siameses y sobre el comportamiento de Menguante. Por supuesto que Sofí no dijo ninguna palabra y lo único que esperaba era el momento de escapar de ese lugar.

Cuando por fin salieron, la abuela la retó, recordándole que era una niña de buenos modales y que debía practicarlos todos los días. Sobre todo con las personas que no conocía. Sofí pidió disculpas y ayudó a su abuela a llevar las bolsas hasta su casa.

El resto del día transcurrió de manera tranquila. Vio un poco de televisión, leyó algunas páginas del libro que le habían regalado para leer durante las vacaciones, hizo algunos dibujos y cuando sus padres volvieron del trabajo la llevaron a la casa de su amiga Ana, donde se iba a reunir con todo el grupo de chicas de la escuela.

Recién después de la cena, en el momento en que entró a su cuarto para acostarse a dormir y vio a Menguante esperándola a los pies de su cama, recordó la mala sensación que le había dado el nuevo carnicero del barrio y supo con exactitud por qué había sido.

Como era de noche y no le quedaba otra opción, se puso el pijama y se acostó a dormir tapada hasta la cabeza, deseando no volver a tener la pesadilla de la noche anterior.

Acurrucado a sus pies, Menguante se durmió enseguida. En cambio Sofí, demoró bastante más en hacerlo. Su último deseo, antes de caer en un sueño profundo, fue no volver a soñar con ese tenebroso carnicero.

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