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No quiso compartir su sueño con nadie. Sabía que a su abuela no le parecería importante y que para sus amigas, sería una gran oportunidad de burlarse de ella durante varios días. Incluso cuando las clases se reanudaran, aprovecharían para difundirlo entre el resto de sus compañeros y asi, todos juntos poder burlarse.

Le preocupaba mucho no poder sacarse esa pesadilla de la cabeza y no encontrarle un sentido a todo lo que había soñado. Para poder hacerlo intentaba analizar cada situación por separado:

No recordaba el sueño de la primera noche, pero si el miedo que había experimentado. Ese mismo día había conocido al nuevo carnicero y supo, ni bien lo había visto, que la pasadilla estaba relacionaba con él.

Ese misterioso personaje no dejó de observar a su mascota en ningún momento, mientras le contaba a su abuela cuanto le gustaban a él los gatos siameses.

Lo mismo había dicho la madre de Camila. De alguna manera, se había enterado de que el tipo era fanático de los gatos y que tenía varios de ellos en su casa.

Lo último, había sido el sueño de la noche anterior. Podía recordar cada detalle del mismo y volvía a sentir escalofrios al hacerlo. Ella escapaba en medio de la oscuridad y a pesar de esforzarse por correr cada vez más rapido, no podía evitar ser alcanzada. Pero la verdadera pesadilla comenzaba cuando descubría que a quien intentaba atrapar el carnicero en realidad, era a Menguante y que ella no podía hacer nada para impedirlo.

Pensó en todo esto pero no logro atar ningún cabo. Faltaba poco para almorzar y no quería esperar hasta la noche para ver si un nuevo y terrorífico sueño le aclaraba el panorama.

Bajó la escalera cuidandose de dejar a Menguante encerrado en su habitacion e intentando no ser vista, revisó la heladera y el freezer para que su estrategia no fallara.

Una vez que estuvo segura de lo que faltaba, le pidió a su abuela que le cocinara milanesas. La abuela aceptó, pero descubrió que no quedaba ninguna congelada y puso como única condición, que Sofi fuera sola a comprar hasta la carnicería.

Eso era justo lo que Sofi había planeado. Aceptó y corrio las dos cuadras que separaban a su casa del negocio. El entusiasmo que experimentó se fue disminuyendo a medida que se acercó al local y una vez que estuvo frente a él, se arrepintió completamente de haber llegado hasta allí.

A pesar del miedo que sentía y sabiendo que adentró de la carnicería la situación no estaría mejor, Sofi empujo la puerta y entró.

 

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