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Si se lo hubiese encontrado en medio del shopping, en algún parque o en la puerta de la escuela, también se hubiera asustado. Pero entrar a la carnicería y verlo de pie, afilando una enorme cuchilla, fue algo para lo que Sofi, no estaba preparada. Observándola desde atrás del mostrador, rodeado por todo tipo de cortes de carne roja, el carnicero pasaba lentamente la piedra de afilar, a uno y a otro lado, como si disfrutara al hacerlo.

El chirrido del acero penetraba en los oídos de Sofi, obligandola a cerrar los ojos como si haciendo esto, pudiera dejar de escuchar el espantoso sonido. Al verla acercarse al mostrador, el carnicero comenzó a afilar su cuchilla con mayor velocidad.

-¿Qué vas a llevar… Sofi?- le preguntó pausadamente, poniendole algo de suspenso a la conversación y dejándo en claro que aún recordaba su nombre.

Sofi tragó saliva y se tomó un tiempo para responder. No quería que se notara que estaba nerviosa.

-Milanesas…- dijo con la voz débil. -Un kilo.

Con la misma cuchilla que estaba afilando cuando ella entró, el carnicero comenzó a cortar un trozo de bola de lomo a una velocidad sorprendente. La carne se dividía en fetas muy finas, que eran apiladas una por una sobre la balanza y cuando el kilo ya estaba completo, embolsadas de un solo y rápido movimiento.

-¿Cómo anda Menguante?- le preguntó limpiandose la mano con un trapo muy sucio.

Escalofríos… La nuca se le lleno de estos y Sofi tuvo que esforzarse para que las palabras salieran de su boca.

-Bien. Muy bien- una vez que pudo responder, el resto de las palabras le resultaron más fáciles de decir- Me contaron que vos… que usted… Tiene muchos gatos en su casa.

-Así es-. Dijo él- Y todos son siameses.

-¡Qué lindos!- simuló estar entusiasmada. -Debe haber gastado una fortuna para comprarlos a todos.

Observó atentamente el rostro del carnicero para no perderse ningún detalle de sus gestos.

-No necesariamente- dijo él, sonriendo. – A veces solamente alcanza con soñar aquello que uno desea para que se haga realidad.

-Lo mismo dice mi abuela-. Aseguró Sofi.

La frase le resultó extraña. “¿Qué habrá querido decir?” pensó Sofi mientras volvía a su casa con las milanesas en la bolsa. Una y otra vez, repitió las palabras dentro de su cabeza durante el delicioso almuerzo, pero solo pudo comer una sola milanesa, porque al recordar a la persona que las había cortado, perdía todo el apetito.

Pasó el día aburrida y un poco preocupada sin saber por qué. Esa noche se fue a dormir, segura de que volvería a soñar con el carnicero y eso fue exactamente lo que pasó Al despertar, sobresaltada igual que las noches anteriores, no pudo recordar la pesadilla. Tampoco se esforzó demasiado por hacerlo sino que se preocupó por encontrar a Menguante.

Debajo de la cama, en el baño, en el dormitorio de su abuela, en la cocina… No hubo caso, Menguante no estaba y Sofi comprendió que había un solo lugar en donde podría encontrarlo.

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