Me niego… me niego rotundamente a que cualquier persona, tan solo por  compartir techo y colchón con otra, utilice términos como esposa o marido, para referirse a ella. Yo no podría afirmar ser católico si no hubiera sido bautizado en la iglesia de mi barrio; tampoco podría exhibir el título de bachiller contable con orientación en gestión y administración de empresas, si no me hubiera aburrido durante cinco eternos años en una diminuta escuela secundaria de Lanús. Es así, para esgrimir, exhibir y fanfarronear con un título, primero se debe pasar por una serie de situaciones que transformaran a ese individuo, en algo cercano a lo que el título pregona.

En un extraño juego de palabras, hoy en día, parece que diera lo mismo estar casado, convivir o simplemente ser novio de otra persona. Aquellos que se aproximan a los 30 años se resisten a referirse a su pareja como “mi novia”, porque pareciera que ese término le restara seriedad o compromiso a la relación, a excepción de aquellos treintañeros divorciados, que pretenden aparentar menos edad  y que hasta se dan el lujo de caminar de la mano con su novia por la calle.

Se necesitarían facultades adivinativas para descifrar, en una presentación formal, el verdadero vinculo que une a dos personas:

—Estimado: le presento a mi esposa— dice alguna de las personas.

—Mucho gusto— saluda la otra estrechando la mano, mientras intenta divisar algún tipo de alianza en el dedo anular de la mano izquierda.

En algunas personas, es habitual el uso de cierto tipo de eufemismos para dar a entender algo que no quieren decir, pero que tampoco pretenden ocultar. Si es una mujer la que habla y para referirse a la persona con la que vive, no utiliza palabras como novio, marido o chico; en acostumbra referirse como “pareja” automáticamente todos damos por sentado que está en una relación con una persona del mismo sexo.

Si la nuestra fuera una sociedad realmente liberal —como nos gusta creer que somos— no estaríamos buscando de manera constante, palabras para decir aquello que pretendemos callar, ni encontrando la forma de ocultar lo que realmente queremos decir. Desde que la unión civil se aprobó en Argentina y las personas del mismo sexo, podemos casarnos entre nosotras y mucho antes, desde que el divorcio es legal, los eufemismos deberían haberse suprimido. Así como también los concubinatos y las convivencias.

Si los papeles no fueran importantes los gays y lesbianas no hubieran batallado durante tantos años para que les permitan formalizar su relación civilmente. Y la excusa de lo difícil que resulta divorciarse, ya no puede ser utilizada porque, hoy en día, es mucho más sencillo tramitar el divorcio que darse la baja de Telecentro.

Así como los socios y dirigentes de un club de fútbol, saben que el jugador que llega a préstamo puede marcharse a la primera oferta de un mejor contrato, la pareja sin papeles está expuesta a un inminente y repentino abandono. Quizás, porque al hombre no le gustó la diminuta calza con la que su concubina asistió a la clase de Tae-Bo; o como consecuencia de la nueva y sexy compañera de trabajo que el masculino de la relación ocultó por temor a los celos de su novia, cualquiera de los dos podría abandonar el hogar en un abrir y cerrar de valijas. Con papeles, la decisión no se tomaría tan a la ligera.

Estoy convencido que la falta de compromiso es una de las razones por las que el mundo se encuentra, desde hace años, hundido en una crisis moral que parece no tener fin. Puedo aceptar que tengamos poco compromiso con el trabajo, con el país, con nuestros prójimos, pero, ¡Por favor!, mantengamos nuestro compromiso con el amor. Aunque, releyendo las últimas líneas escritas en el párrafo anterior, una parte de mí no está tan convencida de que analizar los pro y los contra, antes de romper el vínculo contraído sea algo para destacar positivamente.

— ¿Y por qué estás dudando?— me pregunto a mí mismo.

—Porque quizás alguna pareja con problemas de convivencia, tan solo por la presión social y familiar que les representaría divorciarse, podrían optar por continuar con su relación a pesar de todo, perdiendo de esa manera el respeto, el cariño y cualquier recuerdo feliz de años anteriores y dañándose mutuamente —a ellos y a sus propios hijos— durante el resto de los años que permanezcan juntos.

—Eso es justamente lo que yo estoy intentando decirte desde hace rato.

—De todas formas, estas desviando mi razonamiento.

No me opongo a que las parejas convivan sin haberse casado. De hecho, yo mismo viví en concubinato durante algunos años. Lo que rechazo, es la utilización de rótulos como esposa, marido o matrimonio, por parte de personas que, justamente, se niegan a rotularse, debido a que para acceder a ese “título” se debe atravesar por una serie de situaciones que marcaran la relación de pareja para siempre.

Antes de casarse, una feliz pareja de novios, debe sacar turno en el registro civil; reservar y pagar la iglesia; el salón; el hombre debe escuchar a su novia hablar sobre un vestido que no podrá ver hasta el día del evento y que ella jamás volverá a usar a pesar de haber pagado fortuna; deberán probar y elegir el catering; hablar con el Disc Jockey para especificarle la música que desean que suene en la fiesta, aunque todos sepan que finalmente sonará lo que se le antoje al DJ; el novio deberá asistir a que un sastre —posiblemente homosexual— le tome las medidas para un frac y con él, vestido de la manera más ridícula de toda su vida, bailará el vals y el carnaval carioca delante de conocidos y desconocidos que, vaya a saber porque razón, fueron invitados a la fiesta.

Me niego a que un hombre que no pasó por eso, llame esposa a su concubina, porque son esas experiencias las que hacen que un marido sepa con exactitud, la vida que le esperará a partir de ese momento. Cualquier hombre, que no haya pasado por todo eso, no merece llamarse marido.

Solteros Vs. Casados