Me gusta mucho soñar las historias que luego escribo. Hacerlo de esa manera me resulta mucho más sencillo que sentándome frente a un papel o a la computadora para inventar una historia compleja. Crear los personajes, cada uno con sus propias características, tener que plantear las situaciones, los eventos, los sentimientos y las reacciones de cada uno de ellos ante los diferentes inconvenientes con los que se encuentran e inventar diálogos fluidos, que además suenen convincentes, auténticos y que se asemejen a lo que cualquiera de nosotros haría o diría en una situación similar, no es para nada sencillo.

Todo resulta más relajado cuando sucede entre sueños. Me duermo, sueño, y de golpe me despierto sobresaltado, habiendo vivido una maravillosa historia y comprendiendo que es genial, que debo escribirla. Conozco algunas personas que duermen con un anotador en la mesa de luz para captar esas ideas antes de que se le disipen en la nebulosa. A mí me resulta imposible hacerlo, en primer lugar, porque mi avanzada miopía izquierda junto al despiadado astigmatismo que tengo en ambos ojos, me obligaría a ponerme los lentes antes de anotar esa idea en el borrador y para hacerlo, primero debería quitarme las lagañas de los ojos y proceder a buscar mis gafas en la oscuridad. Semejante esfuerzo me despabilaría en medio de la noche y ya no podría volver a dormirme. En segundo lugar, porque es muy difícil despertarme en mitad de la noche. Por más que este lloviendo y la ventana haya quedado abierta, la perra me pida que le abra la puerta para hacer sus necesidades o si alguno de mis hijos estuviera llorando desconsoladamente, despertarme durante la noche no es una posibilidad real. Creo que hasta prefiero hacerme pis encima antes de tener que interrumpir mi descanso.

Durante la noche, apenas tomo consciencia de lo que estoy soñando y doy vueltas sobre la cama murmurando alguna palabra referente al sueño. Por ejemplo, cuando soñé con una historia que transcurría en una especie de guerra, murmuré algo así como “Vietnam”. Y cuando soñé con Harry Potter, dije algo parecido a “Voldemort”. Pero como es muy difícil entenderme cuando hablo dormido, el intento de grabarme no dio resultado.

En esa ocasión en la que creí haber soñado con la historia del pequeño mago descubrí, una vez que estuve despierto, que la historia nada tenía que ver con las ocho películas que junto a mi familia habíamos visto durante las semanas anteriores. Seguramente esos personajes me habían inspirado, pero todo transcurría en otro lugar y los protagonistas no eran ni Harry, ni Ron, ni Hermaione. La historia era maravillosa, compleja, ideal para que se convierta en un éxito de Hollywood y solo había tenido que soñar con ella. Nada de extensas jornadas de dolorosa escritura, ni contracturas, tendinitis o dolores de cabeza.

Cuando una historia se me presenta entre sueños, aparece ya completa. Los personajes están bien definidos y el final siempre es perfecto. Hasta ahora no me tocó participar en alguna de ellas como protagonista porque siempre las veo desde algún lugar alejado que me permite apreciar la totalidad de los hechos y el contexto general en el que debe transcurrir. Cuando me involucro en primera persona dentro de algún sueño, no lo considero una historia para escribir, sino uno más de los sueños comunes que todos tenemos. Sería imposible escribir todo lo que sueño y si lo hiciera, no todo resultaría entretenido para los lectores.

Sentarse todos los días a escribir es muy difícil. No siempre se tienen buenas ideas y en ocasiones se complica darle un buen desarrollo a un texto que comenzó bien. Las distracciones son muchas: la radio, la tele, internet, Twitter, Facebook, Candy Crush, mis hijos, mi esposa, el trabajo, esas voces que me hablan cuando estoy solo… todo eso convierte al hecho de lograr escribir algo decente durante el día en una utopía. Y cuando el sol se va y la noche gana el cielo, el cansancio que me abraza es tan intenso que la sola idea de fijar la vista sobre el monitor o el cuaderno, me produce somnolencia. A esa hora es imposible prestarle atención a otra cosa que no sea pura pornografía.

Es por eso que prefiero soñar antes que obligarme a inventar una historia mientras estoy despierto. Me hace las cosas mas sencillas y la inspiración fluye mucho mejor estandovdormido. Lástima que al despertar nunca, pero realmente nunca, recuerdo que carajo soñé durante la noche y me tengo que romper el orto para escribir algo decente.

 

¿Qué te pareció este texto?

Comentario