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Afeitado al ras. Perfumado. Peinado con el cabello hacia atrás, el nudo de la corbata perfectamente ajustado y con el saco colgado del antebrazo, salió de su casa y caminó hacia el cordón de la vereda en donde estaba estacionada su cuatro por cuatro. Cuidandose de no producirle ninguna arruga, apoyó su saco en el asiento trasero y se sentó en el del conductor. Al cerrar la puerta, aspiró profundo para sentir el aroma a cero kilómetro que aún conservaba su vehículo. Tenía decidido cambiarlo por uno más nuevo el mismo día en que dejará de oler como tal.

Encendió el motor, activo el aire acondicionado y no comenzó a conducir hasta que el frío se apoderó de todo el ambiente. Sería una jornada tranquila. No tenía reuniones pactadas y su presencia en la oficina correspondía más a ocupar su escritorio para que sus empleados lo vieran allí, que a una necesidad de estar presente.

Al llegar a la bocacalle percibió el silencio y encendió la radio. Escuchó el final de una de las canciones del verano y la estridente voz del locutor anunciando el nombre del artista. No hacía demasiado calor y al parecer tampoco lo haría después. Un alivio teniendo en cuenta las calurosas jornadas previas.

Notó un cambio en el tono de voz del locutor y escuchó que éste dedicaba la próxima canción a todos los enamorados en su día. Detuvo su camioneta y comprobó la fecha en la pantalla de su teléfono.

“¿Cómo pudo haberse olvidado?”

Redactó un mensaje de texto para su secretaria: “Me tomo el día. No me llames. Teléfono apagado.” Presionó enviar y aguardó a que el mensaje fuera marcado como enviado para apagar el teléfono y guardarlo en la guantera. Giró en la esquina para desandar el camino por el que había avanzado y se detuvo en la floreria de siempre.

Hizo sonar la bocina y aguardó a que desde adentro del local, el dueño del negocio se asomara, lo saludara y luego, le entregara el ramo de flores que habitualmente compraba. Le pagó y como siempre, le indicó que conservara el vuelto. Retomó su camino y no se detuvo hasta llegar a destino.

Estacionó en la esquina y para que la sorpresa fuera completa, entró sigilosamente intentando hacer el menor ruido al abrir y cerrar la puerta. Si era cuidadoso tendría la posibilidad de sorprenderla mientras aún dormía. Quizás hasta se daría el lujo de prepararle el desayuno.

Dedicó todo San Valentín a pasar un romántico día junto a ella.

Por la noche, volvió a su casa con un modesto ramo de flores para su mujer.

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