festejo

Mirá si habrá pasado tiempo desde la última vez que Argentina jugó una final en un mundial que en ese entonces yo tenía diez años, vivía con mi mamá en el departamento que mi abuela tenía en Mar del Plata y no entendía absolutamente nada de fútbol. Me llevó siete partidos enamorarme por completo de este hermoso deporte.

A lo largo de ese mundial aprendí todo lo que tenía que aprender: aprendí que aunque tengas al mejor jugador del mundo, también podes perder contra un equipo africano que no entiende las reglas del fair play; que por más que Brasil te reviente los travesaños a pelotazos, en ocasiones basta con un poco de magia para ganar el partido; contra Yugoslavia aprendí que los vascos tienen apellido difícil y que algunos de ellos tienen una especial habilidad para atajar penales; contra Italia, que está bien decirle hijos de puta a los que chiflan nuestro himno; en la final, aprendí que los mexicanos son árbitros muy malos y que los hombres también tienen permitido llorar.

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Ese mundial fue el primero que vi en mi vida y el partido contra Camerún, el primero que vi completo. Recuerdo ver la fractura de Pumpido en un bar minutos después de que mi madre me retirara de la escuela. Al término del partido con Brasil, fue la primera vez que vi a la gente salir a la calle y caminar por la peatonal para festejar frente al monumento a San Martín. El mismo festejo que se repitió en los cuartos, en las semis y en la final, a pesar de la derrota frente a Alemania. Ese día entendí que jugar una final, no era cosa de todos los días.

24 años pasaron desde aquella final hasta esta. 24 años, 115 futbolistas, siete entrenadores y cinco mundiales. Nombres con peso propio como Batistuta, Simeone, Verón, Riquelme, Ayala o Sorín que también merecían jugar una final pero no lo lograron.

Mirá si habrá pasado tiempo desde la última vez que Argentina jugó la final de un mundial, que yo ahora tengo 34 años y vivo en Flores, con mi esposa y mi hijo de tres años. El otro, el mayor, vive con la mamá y ayer festejó las atajadas de Romero saltando frente al televisor. Por teléfono, algo avergonzado, me confesó que lloró cuando Maxi Rodriguez convirtió su penal. Le dije que no se preocupe, que los hombres también pueden llorar. Abrazado a mi hijo menor, yo también había llorado.

Este domingo los dos veran por primera vez a su selección jugar una final. Igual que yo cuando tenía diez años.

 golmaxi chiqui

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