De tanto en tanto vuelvo a ese barrio de Lanús Oeste en el que nací, crecí y viví hasta que me mudé a Capital con mi esposa; y en cada uno de esos regresos, observo las fachadas de las casas intentando recordar cómo eran cuando yo era pequeño

La mayoría de las construcciones no presenta grandes cambios. Algunas agregaron un primer piso en donde antes solo había una terraza; Otras, renovaron el frente con ladrillos a la vista o simplemente con una nueva mano de pintura, pero casi todos los hogares de la cuadra, ahora están protegidos por rejas.

Esa debe ser una de las mayores diferencias entre la calle de mi casa durante los 80 y ahora. Ya no es el barrio de puertas abiertas en el que los chicos de la cuadra entrabamos y salíamos de la casa de nuestros amigos como si fuera la nuestra y en el que siempre había un plato de comida extra por si nos quedábamos a comer. Eso sí, más valía portarse bien, porque los padres de nuestros amigos no tenían ningún reparo en levantarnos en peso cuando nos portábamos mal.

Los adultos del barrio sabían cuales eran los movimientos de sus vecinos y todo lo que pasaba puertas adentro de la casa de al lado. Lo raro era que nadie tenía problema con eso. Durante el mediodía, las madres, quizás aburridas por la falta de televisión matutina y la inexistencia de internet, aguardaban en la puerta de su casa la llegada de su hijo, conformando así uno de los primeros y más seguros corredores escolares.

En la misma cuadra de mi casa estaba el almacén de Doña Mercedes a quién yo le compraba los Don Satur cuando simplemente les decíamos bizcochos agridulces, venían en lata y se vendían por peso. En la misma manzana pero doblando la esquina estaba la panadería de Nora, en donde vendían una factura llamada “chirimbolo”a la que en otros barrios más conchetos, le decían “churrinches.” Ambos negocios cerraron hace ya bastante tiempo. Lo que supo ser la entrada y vidriera de la panadería, ahora es puerta y ventana de una casa común. El almacén de Doña Mercedes sigue igual, con la cortina cerrada y su clásico toldo de chapa intacto, como si quisiera recordarle a los vecinos que en ese lugar, alguna vez funcionó un negocio.

A la derecha de mi casa vivía Don Luca. Un tano que se presentó ante mis abuelos y se puso a disposición de lo que necesitaran, ni bien ellos se mudaron a esa casa en 1963. Don Luca murió muchos años después sin dejar de estar a disposición de los vecinos ni un solo día. Era habitual regresar de la escuela, encontrarlo sentado en la puerta de su casa y que me invitara a la suya para convidarme galletitas.

Don Luca y su esposa (Doña Vita) no tuvieron hijos y siempre se preocuparon por darle cariño a los niños de la cuadra. Su casa la heredó un sobrino que yo nunca conocí y que ni siquiera se le parece, lo que hace muy raro llegar al barrio y ver a un extraño ocupando el lugar que siempre fue suyo.

A la izquierda de mi casa, hasta hace algunas semanas, vivía Alicia. Quizás, la vecina opuesta a Don Luca. A ella le molestaba que los chicos del barrio jugáramos a la pelota, lo que nos obligaba a patear con máxima precisión para que nuestro balón no fuera para el costado en el que ella lo esperaba. Siempre le explicábamos que la vereda era pública, pero si teníamos que pasar por la puerta de su casa, por las dudas, bajábamos a la calle.

Sentada en su vereda, Alicia tenía a todo el barrio controlado. Sabía quién entraba, quien salía y a qué hora, pero también era la primera en saber si un vecino necesitaba ayuda y no vacilaba en colaborar. En mi familia hemos utilizado las sillas de su casa cuando teníamos demasiada concurrencia en algún cumpleaños, nos ha prestado el teléfono, nos ha llevado con su auto y mientras mi tía daba a luz a su primer hijo, fue ella la que estuvo acompañando a mi tío en la sala de espera. Alicia fue la primera en comprarme un libro de mierda para su nieta, cuando yo empecé a trabajar en una editorial también de mierda.

Falleció hace algunos días y con su partida, el barrio perdió parte de su identidad. Porque eran estos viejos los que le daban personalidad al barrio. Y ahora, cada vez que vuelvo a Lanús a visitar a mi familia, veo los lugares que van quedando vacantes y siento que aunque el barrio se resista hacerlo, ya nunca dejará de cambiar.

 
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