Era una noche calurosa. Lo recuerdo porque dormíamos con todas las ventanas abiertas. Mi esposa y yo en el dormitorio y el mayor de mis hijos —por aquel entonces el único—, lo hacía en el comedor, sobre una de esas camas plegables que durante el día, aparentan ser un simple mueble. Además de esos dos ambientes, el departamento tenía una pequeña cocina con una ventana, desde la cual se podía ver la vereda de enfrente. Para llegar a ella desde mi dormitorio, tenía que cruzar el comedor en el que —ya conté— dormía mi pequeño hijo.

Desperté sobresaltado y lo vi parado a mi lado. Estaba sumamente asustado, al borde del llanto. Me dijo con seguridad que había visto un fantasma parado en la cocina. Miré a mi esposa que dormía plácidamente y deseé que despertara y con su calma habitual, encontrara las palabras para tranquilizarlo… a él y a mí.

Recordé que semanas atrás, él había visto en televisión un informe periodístico, en el que hablaban de un fantasma que aparecía por las noches en un colegio. Ver la nota en un canal de noticias, en donde —supuestamente— todo lo que se ve es información fehaciente y debidamente chequeada, le bastó para no aceptar mi teoría de que los fantasmas no existen.

Lo tomé de la mano y salimos al comedor, rumbo a la cocina. Pensé en la cantidad de veces que mi viejo tuvo que hacer lo mismo por mí: revisar debajo de la cama, dentro del ropero, cerrar la ventana y decirme, con toda seguridad, que todo estaba bien. Deseé ser tan valiente como mi padre y poder decirle lo mismo a mi hijo, pero no fui capaz de hacerlo.

Cuando era muy pequeño, cualquier sombra reflejada sobre el asfalto podía quitarme horas de sueño. Las películas y series de Freddy Krugger, solo podía verlas con los ojos cerrados. Simples historias como Los Cuentos de la Cripta me resultaban imposibles de ver si no estaba acompañado y cuando crecí y ya fui un adulto, películas como El Proyecto Blairwitch, lograban paralizarme al punto de no poder abrirle la puerta de calle a mis amigos, una vez que terminaba la película. Durante algún tiempo, tuve miedo de desarrollar agorafobia, ya que me costaba salir a un espacio abierto durante la noche y si lo hacía, mantenía mi vista al frente, intentando no mirar hacia los costados, como si a mi alrededor, estuviera repleto de tenebrosos seres acechándome.

Y entonces, ahí estaba yo. Caminando junto a mi hijo, sudando frío por las manos e intentando avanzar lo menos posible para dilatar el encuentro con el ser que nos esperaba al otro lado del comedor. Estaba seguro que no era un fantasma lo que mi hijo había visto. Era imposible que con tan solo cinco años, tuviera la capacidad de distinguir a un fantasma de cualquier otra cosa que pudiera ser. Seguramente, haber visto ese programa de televisión lo había condicionado y al despertar, creyó ver aquello a lo que más temía.

En cambio yo, sabía que no era con un fantasma con lo que íbamos a encontrarnos, aunque deseaba que si lo fuera. Cerré los ojos antes de entrar a la cocina sabiendo que una vez pusiera un pie dentro de ella, ya no habría vuelta atrás. Recordé la escena de esa película* en la que Mel Gibson se despierta y ve a su pequeña hija de pie a su lado. Con mucha calma, la niña le dice que tiene sed y que hay un monstruo afuera de su habitación. Mel Gibson la acompaña a su cuarto, en donde conversan sobre algunas cuestiones familiares que no vienen al caso y justo cuando se quedan en silencio, ve al monstruo parado al otro lado del vidrio, observándolo.

Desde que desperté y escuché a mi hijo decir que había visto un fantasma, supe que lo que nos estaba esperando en la cocina era el primero de una horda de extraterrestres, que habían llegado a la Tierra para exterminarnos. Sentí pena por mi hijo, por no tener un padre como el mío que tiene las aptitudes necesarias para hacerle frente, él solo, a la invasión completa.

Sin perder más tiempo, entramos en la cocina y lo vimos: era verde, brillante y estaba titilando. Los números del reloj digital del equipo de música que teníamos en la cocina brillaban en la oscuridad, seguramente como consecuencia de algún pequeño corte de electricidad. El destello se reflejaba en los azulejos de la pared y era ese reflejo, el que llegaba hasta la cabecera de la cama del pequeño.

Le mostré cual era el supuesto fantasma y desenchufé el equipo para que el destello se apagara. Cerré la ventana que daba a la calle y la puerta que unía el comedor con la cocina. Tapé a mi hijo solo con las sabanas (hacía mucho calor) y le dije —aparentando estar convencido— que todo estaba bien. Pude ver en su rostro un gesto de agradecimiento y orgullo. El iluso creía que su padre era valiente.

Intentando no hacer demasiado ruido, volví a mi lugar en la cama y agradecí  que, al menos durante esa noche y en mi casa, la inminente invasión aún no hubiera comenzado.

 *Señales

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