Hace algunas noches soñé morir.

Sin mediar palabra, un hijo de puta con el que yo nada tenía que ver me metía un balazo en el cuello y antes de que mis manos pudieran intentar contener la hemorragia, el sueño se fundía en negro y me moría.

Fue justo después de Navidad y la muerte fue tan rápida que ni siquiera tuve oportunidad de hacer lo que muchos dicen que hacen cuando saben que se están muriendo: pensar en mis hijos.

El sueño fue muy real. Demasiado.

Desperté sintiéndome muerto y a pesar de constatar que mi corazón latía con una frecuencia casi normal y de que mi cuerpo no estaba sumergido en un charco de sangre, continué sintiendo lo mismo durante varias horas.

De todas las cosas que tenía para hacer (ninguna por obligación o por trabajo, todas por placer o proyectos personales) no pude concretar ninguna. Me mantuve sentado frente a la computadora, scrolleando Twitter, descubriendo publicaciones en Instagram y sin lograr enfocarme en lo que realmente me hubiera gustado hacer. Mi producción del día fue exactamente la misma que hubiera logrado si el disparo hubiera sido cierto.

Los pensamientos se me arremolinaban intentando explorar las posibles consecuencias de que la muerte soñada hubiera sido real.

Sin dudas, sería una muerte digna. De esas que carecen de sentido y que nos hacen creer que el muerto en cuestión (en este caso yo) tuvo la desgracia de encontrarse en el momento y lugar equivocados. Una especie de John McClain pero con mala suerte.

Una muerte que, imagino, mi familia lograría superar rápidamente debido a la rabia por las fortuitas situaciones en las que se daba. Al menos tendrían alguien a quien culpar por mi fallecimiento y la búsqueda de justicia les templaría el espíritu para sobrellevar la pena de mi inesperada ausencia.

De las muchas cosas que aún me quedan por hacer estoy seguro que El Universo o El Señor Creador se las regalaría a otras personas para que pudieran desarrollarlas. Aquel texto que todavía yo no pude escribir aparecería en algún capítulo de alguna novela de algún escritor sin que nadie jamás sospechara que la idea había pasado primero por mis manos y los podcast y proyectos paralelos que todavía tengo en veremos encontrarían su forma definitiva en manos y voces de otros creadores.

El futuro de mis hijos no se vería comprometido. No tanto porque mi muerte los convirtiera en millonarios debido a una amplia herencia sino porque toda mi familia entiende la cultura del esfuerzo y el trabajo por lo que, luego de algunos meses y varias sesiones de terapia, su vida seguiría por los carriles normales de la de cualquier otro huérfano de padre.

No tengo del todo claro por qué, pero lo que más me preocupaba sobre mis hijos era morir sin haber pensado en ellos. Despedirme del mundo sin siquiera ser consciente de que jamás volvería a verlos aunque no existiera manera de que ellos pudieran saber qué pasaba por mi mente cuando la bala concretaba la misión para la cual había sido creada.

Cuando uno muere lento, de manera aburrida, tiene tiempo de explicarle a los hijos lo que va a pasar, de dejarles en claro lo fuertes que tendrán que ser para superar ese momento y sobre todo, de hacerles saber lo mucho que uno los quiere.

En el sueño mi muerte era rápida, como tantas otras, y me sorprendía pensando en cualquier cosa. Seguramente en algo sin demasiada importancia como la próxima película de los Vengadores o la nueva temporada de The Walking Dead y de pronto, ¡PUM!, balazo y fade out.

Nada de pena. Nada de nostalgia. Solo morir.

Tengo tres hijos, vivo con dos de ellos y la idea de mi muerte me persigue desde que nació el primero. “Vives tanto como alguien pueda recordarte”, escuché hace poco tiempo en algún sitio que no viene al caso y en eso es en lo único que pienso.

No me interesa la inmortalidad, al menos no en la forma en que nos la presentó la película Highlander, sino en esa forma abstracta en la que logramos trascender dentro de nuestros seres queridos.

En parte, los escritores escribimos para perpetuarnos. Para quedarnos aquí un rato más mientras una persona lee nuestros pensamientos y eso es lo que hacemos con nuestros hijos: dejarles cosas nuestras dentro suyo para que puedan recordarnos incluso en situaciones intrascendentes.

Con los hijos con los que vivo el problema estaría resuelto porque la silla vacía en la cena familiar, la ausencia del beso antes de dormir o el vacío que les provocaría la falta de una persona que los asuste por detrás cada vez que están jugando en paz, haría que me recuerden al menos por un tiempo.

Con el grande sería un tanto más complicado. Un poco porque no vive conmigo y mucho porque hace casi un año que no nos vemos. Ni me habla, ni atiende mis llamados, ni nada. Es casi como si yo no existiera. Es imposible para mi descifrar lo que sucede dentro de su cabeza o de su corazón y aunque no dudo que me quiera, intento imaginar si en ocasiones piensa en mi.

Por el contrario, su ausencia en mi vida lo mantiene más presente que nunca. Son pocos los momentos en que me sorprendo no pensando en él o no intentando encontrar una explicación o solución para todo esto y morirme así, de repente, sin tiempo de pensar, de llevarme a los tres en mi mente, de aferrarme a ellos con todos mis sentimientos me destrozó el corazón.

Tengo claro que todos moriremos en algún momento y que muchos de nosotros lo haremos de repente, sin tiempo de prepararnos para ello o de despedirnos de aquellos a los que queremos.

Lo único que espero es tener al menos unos pocos segundos para morirme pensando en ellos, aunque ellos, por la razón que sea, no piensen en mi.