Un teléfono público a la vuelta de mi casa

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La historia que estoy a punto de contar sucedió en Lanús durante alguna oscura noche de 1998 o 1999. Por aquellos años, la idea de peligro o inseguridad que teníamos era bastante diferente a la que tenemos ahora. Aunque la calle de mi casa, luego de las diez de la noche quedaba casi tan desierta como ahora, las personas no tenían tanto miedo de caminar bajo la luz de la luna como lo tienen ahora.

Mis miedos, en cambio, eran bastante distintos. La noche siempre encerró secretos para mi. Si pudiera elegir, al igual que Will Smith en Soy Leyenda, elegiría vivir siempre de día. Nunca se sabe lo que la noche puede traer consigo y no estoy hablando de robos o asesinatos, sino de sucesos paranormales e inhumanos como pueden ser los zombies, los vampiros o los personajes de las películas de terror que me atormentaron durante aquella época.

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Cruzar el largo y mal iluminado pasillo que separa mi casa natal de la puerta de calle, siempre fue un gran desafío para mi hombría. Eso y salir a la calle, mirar hacia ambos lados sin tener la seguridad de lo que se escondía detrás de la sombra del árbol más próximo, fueron de las peores cosas que me tocaron enfrentar durante mis años de infancia y juventud.

Aquella noche de sábado no era una noche más. No recuerdo por qué,  pero mi madre no estaba en casa y yo había invitado a tres mujeres a pasar parte de la noche conmigo.

Antes de continuar con el relato, me siento en la obligación de bajar las expectativas de los lectores masculinos y aclarar que, aunque las tres mujeres y yo eramos adolescentes, esa noche nadie tuvo sexo. No pregunten por qué, no lo sé. Pero esa nunca había sido la idea.

Una de ellas era mi novia, otra es hoy mi esposa. Las tres, hermosas mujeres que habían aceptado venir a casa para pasar un rato juntos, comer y ver alguna película. Lo voy a repetir ahora para que quede claro y quien desee abandonar la lectura de este texto pueda hacerlo de una vez por todas: esa noche, en mi casa, no hubo sexo.

La velada transcurrió de manera normal. No recuerdo demasiados detalles de la noche porque lo que sucedió después opacó cualquier otra anécdota que se pudiera contar sobre la cena. Lo cierto es que cuando llegó la hora de que  las chicas volvieran a sus hogares, debíamos pedir un remis para que las pase a buscar y las llevé una por una hasta su domicilio. En casa no teníamos teléfono, razón por lo cual, para llamar a nuestra remisería de confianza, debíamos caminar hasta el teléfono público que se encontraba a la vuelta de casa. Era solamente un pasillo y ciento cincuenta metros lo que me separaba de ese llamado telefónico.

En soledad y simulando una falsa valentía, caminé sacando pecho hasta la puerta de casa, giré la llave lentamente y abrí esa vieja y pesada puerta con el sigilo suficiente como para no realizar ningún ruido. Ni bien la abertura fue suficiente para que  mi cabeza se asomara, me dispuse a observar hacia ambos lados y asegurarme de que nada ni nadie, me estuviera esperando agazapado en la oscuridad.

No llegué a hacerlo. Una voz femenina paralizó todos mis movimientos con un desgarrador grito que solo había escuchado en películas de terror. El tiempo se detuvo, mi corazón también. Sentí la adrenalina tomando el control de mi cuerpo y los latidos de mi corazón reiniciándose con un ritmo salvaje. Por reflejo y dejando de lado cualquier movimiento sigiloso, cerré la puerta violentamente provocando un estruendo feroz, crucé la llave y apoyé mi espalda sobre la puerta para evitar que cualquier cosa que hubiera hecho gritar a esa chica no ingresara a mi hogar.

Me mantuve en silencio aunque quise gritar y logré quedarme quieto aunque quería correr. Pude sentir los errantes pasos a metros de mi puerta y a un hombre gimiendo de dolor. Percibí sus tripas desgarrándose y lo imaginé arrodillado con sus manos en el abdomen, intentando contener los borbotones de sangre que salían de su estómago.

Fue suficiente. Me aseguré de que la puerta estuviera cerrada y corrí por el pasillo sin mirar atrás. Entré a mi casa, en donde mis amigas y mi novia seguían en el clima festivo que reinaba antes de que yo me marchara. Ellas no habían escuchado el grito ni el portazo y cuando les conté lo que había sucedido, insistieron en acercarse a la puerta para ver.

No recuerdo si lo hicieron, pero aunque hubieran decidido espiar, la pequeña ventana que tenía la puerta de mi casa no permitía observar más que algunos grados hacia ambos lados, por lo que resultaba prácticamente imposible ver algo. Transcurrimos alrededor de una hora sin saber que hacer. Las chicas tenían que irse ya que no tenían permiso para pasar la noche fuera de su casa. No teníamos teléfono para que sus padres las llamaran, ni para que ellas pidieran que las vengan a buscar. La única opción era salir para llamar un remis desde ese teléfono público ubicado a la vuelta de casa.

Alguna de las chicas, no recuerdo cual, tuvo la brillante idea de que fuéramos todos juntos a realizar el llamado. Una maravillosa idea que no pude aceptar para no exponer mi cobardía frente a ellas. Recibí la propuesta como un ultimátum y decidí que si había un momento para convertirme en un verdadero hombre, era justamente ese.

Salí a la calle con miedo pero con decisión. No tuve coraje para mirar hacia donde había escuchado el grito de la chica y al hombre agonizando, pero si tuve piernas para correr hasta el teléfono. Corrí como nunca, como si mi vida dependiera de esa carrera. Marqué los números rápidamente y hablé con la telefonista como si hablara con el 911. Volví también corriendo, con los ojos entrecerrados pera evitar ver las tripas fuera del cuerpo de la víctima justo al entrar a mi casa. Aguardamos unos minutos detrás de la puerta hasta que  llegó el remis y las chicas subieron al auto con menos miedo que curiosidad. Pude ver, mientras el vehículo arrancaba, que giraban sobre el asiento para observar el cuerpo tirado sobre el asfalto. Yo no tuve el coraje de hacerlo.

Cerré la puerta con llave y corrí por el pasillo hasta entrar a casa. Cerré la otra puerta, subí a mi cuarto y cerré una puerta más. Me acosté vestido, intentando olvidar todo lo que había escuchado esa noche.

A la mañana siguiente, amparado por la luz del día, examiné la escena del crimen sin encontrar evidencia alguna. Al escucharme salir, mi vecina, algunos años menor que yo y cuya cabecera de la cama daba justo a la pared en donde estaba amurada la puerta que yo golpeé, me interrogó sobre la razón para dar semejante portazo a esa hora de la madrugada.

Le conté la verdad. Le detallé todo lo que había escuchado y lo que yo imaginaba que había sucedido. Ella, con una sonrisa complaciente, me confesó que desdé su ventana había observado toda la situación. Los ruidos que me habían sobresaltado eran de una joven pareja alcoholizada que regresaba a su casa. El grito de la chica fue consecuencia de que el novio estuvo a punto de vomitarle encima y los sonidos de alguien muriendo destripado que tanto me habían escandalizado, no eran otra cosa más que ese muchacho vomitando en el cordón de la vereda.

No me avergoncé delante de mi vecina, aunque le pedí disculpas por el portazo. No creo que existiera razón para avergonzarme. Después de todo, durante aquellos años, yo no era más que una de las tantas víctimas del cine y la televisión. Aún lo soy.

 

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