Un texto que llega bastante tarde

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Hace algunos años, cuando me decidí a abrir este blog y publicar algunos de mis escritos, lo primero que tuve que hacer fue, justamente, ponerme a escribir. Mi mente se liberó, la imaginación se disparó y en poco tiempo tuve un cuaderno universitario repleto de nuevas historias para corregir y subir a este sitio web.

Cuando el blog estuvo disponible y con varios textos publicados, comencé a difundirlo entre amigos y conocidos. Personalmente, odio cuando algún contacto de Facebook me manda un enlace o solicitud para difundir algo de lo que está haciendo. No me gusta compartirlo. Lo hago a desgano para no quedar en falta pero sabiendo que no sirve para nada. Que mis amigos no le van a dar like a su proyecto, que nadie se va a interesar en lo que está haciendo y que mis propios contactos pasaran de lado esa publicación al encontrar un sospechoso enlace adjuntado en ella.

Yo tenía muchas ganas de compartir mi blog con familiares, amigos y conocidos. Estaba desesperado por conocer sus opiniones sobre lo que escribía; por ver su sorpresa al enterarse de lo que pasa por mi cabeza durante esos momentos en los que me quedo callado mientras todos hablán en alguna reunión, pero no quería mandarles un enlace pidiendo que le dieran “me gusta” a algo que posiblemente no les interesara.

Decidí hacerlo de manera individual. Invitando a cada uno de ellos a darle like al blog y explicando que había dejado de escribir en papel para hacerlo directamente en la web y a la vista de todos. Que si querían – les decía – podían seguirme o suscribirse para estar al tanto de los nuevos textos que allí subiera.. A muchos de ellos les envíe un enlace en particular, con un texto que sabía que podría llegar a interesarles o a divertirlos. Algunos recibieron el texto del hombre que sueña con una hermosa mujer haciéndole un pete; otros el del hombre que habla con la muerte tomando un café o algún texto personal en el que contaba alguna anécdota de mi vida que los incluía. Poco a poco, todos mis contactos, amigos, familiares y conocidos, recibieron la invitación a mi blog y , vale decirlo, muy pocos decidieron seguirme o leerme.

No los culpo. Yo tampoco lo hago con las cosas a las que ellos me invitan. Ni voy a sus reuniones, ni comparto las páginas de sus hobbies o de sus trabajos complementarios con los que pretenden hacerse millonarios. No, no lo hago y por eso no me molesta que ellos no me apoyen a mi en esta, la única pasión que alguna vez tuve en mi vida. Sin embargo, no podía permitirme no avisarles aquel primer día en el que decidí escribir para todo el mundo. Que decidieran leerme o no, ya no dependía de mi.

Durante mis primeros meses como bloguer, los textos se acumulaban uno detrás del otro. No terminaba de escribir que ya comenzaba con uno nuevo. La calidad por supuesto que era mediocre, pero para mi se trataba de cantidad. De escribir sin parar y demostrarme a mi mismo que esto me gustaba y que podía hacerlo en cualquier momento. Lo hacía en el trabajo, en mi casa, en el subte o en el colectivo. No podía dejar de escribir y el apoyo de algunos familiares y amigos me estimulaba a seguir escribiendo. Según decían, les gustaba lo que yo escribía. Se reían con un chiste o se escandalizaban con alguna animalada que encontraban en el blog. Me comentaban, me felicitaban y hasta me pedían disculpas cuando pasaban un tiempo sin leerme. Estaban sorprendidos del (perdonando la palabra) “talento” que había mantenido oculto durante tantos años.

Inmerso en una especie de fama entre los pocos que habían decidido leer mi blog, me di cuenta que estaba olvidando compartir mis escritos con dos personas fundamentales de mi vida: mi padre y mi abuela. Por cuestiones generacionales y personales, ambos se mantenían lejos de cualquier dispositivo digital y con conexión a internet, por lo que no habían recibido ninguna invitación a visitar mi página web y convencido de que no debía mantenerlos al margen, me tomé el trabajo de copiar todos mis textos en un Word, subrayar los títulos, justificar los párrafos, numerar las páginas, diseñar una portada, agregar un índice e imprimir dos copias de una especie de libro que anillé y les regalé.

Con más vergüenza que convicción les expliqué que había decidido comenzar a escribir y publicar mis textos sin otra intención más que la de compartir las cosas que salían de mi mente con cualquier persona que quisiera leerlas. Les mentí diciendo que no tenía aspiraciones de convertirme en escritor y lograr vivir de eso y que escribía solamente por la vocación de hacerlo. Algunos de los textos eran incómodos para estar junto a ellos mientras los leían. En varios, eran blanco de comentarios que podían no ser tomado del todo bien, por lo que les pedí que los leyeran cuando yo me hubiera retirado.

Ninguno de ellos era un lector ávido. Mi padre supo serlo cuando más joven, pero su vista y su obsesión por el trabajo lo alejaron de los libros. A mi abuela, en cambio, no recuerdo haberla visto nunca con un libro en la mano y fue por eso que me alegró tanto, días después, cuando me dijo que los había leído y me dio el gusto de comentar algún que otro párrafo que le había llamado la atención. No se si los habrá leído todos, no le pregunté, pero el hecho de que se haya tomado la molestia de desperdiciar parte de su tiempo leyendo algo que yo había creado me resultó gratamente satisfactorio.

Por aquellos años era normal que mi padre me llamara los domingos a la noche para preguntarme si estaba viendo el programa de Lanata. Parecía no resignarse a que mi respuesta fuera siempre negativa y se veía en la obligación de ponerme al tanto del último informe presentado al aire por el periodista. Yo lo escuchaba y disfrutaba su relato como una parte más de nuestra particular relación, aunque debo reconocer que hubo más de un domingo en que dejé que el teléfono sonara sin parar hasta que mi padre finalmente desistiera del llamado.

La noche que voy a recordar es una de esas tantas en que pausé la serie que estaba viendo para atender el teléfono y escuchar sus comentarios sobre un nuevo desfalco político descubierto por el periodista en cuestión, pero me encontré con una sorpresa al otro lado del teléfono. No recuerdo las palabras exactas, pero sin siquiera saludarme, me dijo que estaba emocionado y particularmente sorprendido. Era la noche del mismo día en el que yo le había llevado todos mis textos para que pudiera leerlos y me sorprendí al escuchar que ya los había leído todos. Se había tomado el resto de la tarde para leerlos y ni bien dio vuelta la última página me llamó para contarme su opinión.

La suya no era una opinión literaria sino una observación personal. Estaba más sorprendido que emocionado y no tenía reparos para expresarlo. Nuestra relación fue siempre bastante complicada. Lo único que compartimos durante mi infancia fue el techo en el que vivímos y durante mi adolescencia, ni siquiera compartimos eso. Recién cuando me convertí en padre logramos acercarnos y construir una relación como nunca antes habíamos tenido. Por eso, recién en ese momento, mi padre se enteraba que a mi me gustaba escribir.

Algunos de los textos que mi padre había leído ese día eran puros inventos. Salvajadas con asesinatos y muertes sangrientas sobre las que tanto me gusta escribir pero otros eran textos íntimos, personales, con vivencias que habíamos compartido juntos contadas en primera persona. Pensamientos y sensaciones de las cuales él jamás se había enterado porque, claro, yo jamás se las había compartido. Y ahí estaba su voz en el teléfono, hablando de cuanto le habían gustado mis textos y de cuan sorprendido estaba por lo que yo había sido capaz de crear.

Yo me sentía feliz, orgulloso y a la vez incómodo. Molesto conmigo mismo por nunca haber compartido nada de esto con él y me sentí en la obligación de destacar que no era más que un hobbie, un pasatiempo en el que intentaba canalizar los problemas cotidianos de la vida. Yo estaba a punto de decir muchas otras mentiras como esa hasta que mi padre me interrumpió afirmando que yo estaba equivocado. Que no había que cerrar ninguna puerta porque no se sabía que era lo que podía pasar el día de mañana. Sorprendido y emocionado por lo que estaba escuchando esbocé alguna objeción relacionada con la edad y que era demasiado tarde para intentar vivir de la escritura. A fin de cuentas, esta supuesta manifestación de mi vocación sucedía cuando yo había pasado cómodamente los treinta años y no era un buen momento como para andar depositando falsas esperanzas en cualquier pavada. Fiel a su costumbre, mi padre estuvo al borde de enojarse por mi estupidez y me rebatió poniendo su propia vida como ejemplo.

Para no aburrir al lector, voy a contar que mi padre hizo miles de cosas a lo largo de su vida, pero recién en el último tramo de ésta, sin importarle nada, se dedicó de lleno a su verdadera vocación, alcanzando un éxito que sorprendió a todos. No se hizo millonario pero se olvidó de los problemas económicos, literalmente, para siempre y pudo finalizar su vida haciendo solo aquello que más le gustaba. Yo había sido testigo y partícipe de ese último gran momento de su vida y, ni aunque hubiese tenido la intención, hubiera podido rebatir lo que me estaba diciendo. Además, mi padre, no se caracterizaba ni por expresar sus sentimientos ni por apoyar grandes utopías, así que más valía creer que en esta ocasión se encontraba hablando con el corazón y aceptarlo.

Meses antes de que mi padre muriera, una persona con la que ambos compartíamos entorno escribió cosas muy feas sobre él en una red social. Algunas justificadas y parcialmente ciertas, pero que no dejaban de estar escritas a sus espaldas porque, como ya he contado en los primeros párrafos, mi padre no se acercaba a ningún medio digital o conectado a internet. Yo me enojé mucho. Me dolió e intenté decirle a esa persona que lo que estaba haciendo estaba mal, aunque solamente recibí ironías y publicaciones en redes sociales referentes a mi persona.

Tuve el impulso de contárselo a mi padre. La impotencia estuvo a punto de convertirme en buchón pero la bronca se me pasó lo suficiente como para no mencionar el tema y ayudarlo a mantener el privilegio que la ignorancia nos brinda en determinadas situaciones. Como herramienta de autoayuda se me ocurrió escribir, publicar, imprimir y hacerle leer un texto sobre él. Sobre nosotros dos. En el que yo contara lo agridulce de nuestra relación. Lo mal que había comenzado, cuanto había empeorado con el correr de los años y la manera en que mágicamente todo había mejorado hasta convertirnos en un padre e hijo de película. Escribir, en pequeños párrafos, la historia de nuestra vida para destacar, y que el supiera, la importancia que tenía en mi vida.

No llegué a hacerlo. Mi padre falleció hace exactamente un año sin que yo siquiera comience a escribir el primero de esa serie de textos que quería escribir sobre él. Ahora hace casi un año que prácticamente no escribo porque todas las ideas que vienen a mi cabeza tienen que ver con mi papá y no quiero aburrir a los pocos lectores que tengo con textos autorreferenciales en lugar de pagar un psicólogo. Pero en esta ocasión la fecha se presta, todo vuelve a salir a flote y parece  un buen momento para contar la historia de aquel breve pero importante llamado telefónico en el que mi padre me motivó a no dejar de escribir y a nunca cerrarme a la posibilidad de alcanzar el éxito. Sea cuando sea.

Y acá estoy, aunque él ya no pueda leerme, aún sigo escribiendo.

Papá y yo

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