Desde pequeño, aprendí que tener proyectos u objetivos, es muy importante para la vida de cualquier persona. Justamente, esa, puede ser la diferencia entre una vida repleta de logros y otra, de mediocre para abajo.

Parece difícil pero no lo es: se trata de establecer pautas. Predeterminar un objetivo y hacer todo lo necesario hasta alcanzarlo. Se trata de no detenerse hasta llegar a él. El gran problema de las personas que no llegan a nada, no es la imposibilidad de hacer todo lo que se necesita para cumplir con sus objetivos, sino, que no tienen idea alguna sobre que metas plantearse para progresar.

Esa falta de objetivos, es la causante de que muchas personas transiten por la vida de manera errante y permanezcan estancadas en el mismo lugar durante años, sin poder progresar. No conocer el destino, produce que se queden siempre en el mismo lugar.

Gracias a Dios, mi caso es muy diferente. Mis primeros objetivos eran pequeños, fáciles de alcanzar: me conformaba con un nueve o un diez en la próxima evaluación; entonces me ponía como nuevo objetivo, aprobar el trimestre con la mejor nota posible; una vez cumplido estos dos, me esforzaba para pasar de grado con uno de los mejores cinco promedios. A veces podía cumplirlos y otras no, pero cuando no lograba alcanzar mi meta, reunía mucha más energía para salir en búsqueda de mi próximo objetivo.

De esa manera, fue como logré destacarme en casi todo lo que hice en mi vida: tanto en la primaria, en la secundaria, como en la facultad, logré ser un excelente alumno. Tanto, que muchas veces mi competitividad me jugaba en contra, generando algo de apatía con algunos compañeros. Pero también lograba subsanar eso con metas, porque me proponía ser un buen amigo, un buen compañero y si estaba en pareja, mi mayor objetivo era ser un muy buen novio.

Así me pasó cuando la conocí: me gustó desde un principió, pero no siempre estuve enamorado. Éramos compañeros de trabajo durante mi último año de facultad. Nos llevábamos bien y nos divertíamos cuando estábamos juntos. Comencé a mandarle flores, cartas y todo tipo de mensajes amorosos hasta que un día la invité a salir y nos pusimos de novios. Tiempo después, cuando comprendí que lo que sentía por ella realmente era amor, nos planteamos objetivos en conjunto: recibirnos, convivir, comenzar a trabajar de lo que habíamos estudiado, casarnos, irnos de luna de miel, etc. Uno a uno los fuimos cumpliendo a todos, en tiempo y forma. A nuestro lado, veíamos a nuestros amigos equivocarse, sufrir por amor, trabajar en cosas que no les gustaban, casarse y separarse en tiempo record y otros errores que, desde mi punto de vista, tenían que ver con la falta de objetivos.

En lo profesional, fui creciendo de a poco. Paso a paso hasta llegar al lugar que tenía planeado. El mismo día que me recibí, renuncié al trabajo que tuve durante toda la facultad y comencé a buscar otro que estuviera relacionado con lo que había estudiado. No fue rápido ni fácil, pero como eso también lo tenía planificado, logré manejarme con mis ahorros hasta conseguirlo. Una vez allí, trabajé a consciencia buscando conseguir ascender a un mejor puesto lo antes posible. Mi aplicación en el cumplimiento de esa meta, logró que me destacara entre mis compañeros y que, velozmente, pudiera ascender varias veces hasta conseguir un cargo gerencial. Pero todavía me quedaban más objetivos por delante.

En paralelo, junto a mi esposa, trabajamos para fundar nuestra propia empresa. Pequeña en sus inicios, pero rápidamente pudo cumplir las metas que establecimos, hasta que fue necesario renunciar a nuestros trabajos para dedicarnos cien por ciento a ella. Ya sin distracciones, la empresa creció aún más y tuvimos que establecer nuevos objetivos que incluso, eran todavía mucho más grandes que cualquiera que nos hubiéramos planteado al momento de fundarla.

Acá estamos ahora. Apurados para llegar a nuestro próximo objetivo. El más grande que alguna vez pudimos imaginar. Hoy es el día en que firmaremos los papeles para fusionar nuestra empresa con una multinacional, lo que traerá consigo una buena suma de dinero, a cambio de renunciar a la toma de algunas decisiones empresariales. Es decir: más plata, por menos trabajo. Un golazo.

Sin embargo, vamos apurados porque a pesar de nuestra planificación, a veces surgen imprevistos. No se puede prever que a pesar de habernos acostado temprano, nos íbamos a quedar dormidos. Ni que mi esposa iba a pasar los primeros cuarenta minutos de su mañana vomitando. Recién cuando ella se sintió mejor, pudimos salir de casa hacia el hotel en donde nos esperan los holandeses, que sabemos, detestan la impuntualidad. Vamos a toda velocidad en nuestra camioneta importada que nos compramos luego de haber pasado por varios autos de menor calidad. Comenzamos con un usado, viejo y bastante maltratado y terminamos en este fierrazo que tiene más accesorios de los que realmente podríamos llegar a utilizar. Y digo bien: terminamos acá, porque tampoco pudimos prever que no frenar en esa esquina provocaría este violento choque, por el cual rodaríamos junto a la camioneta por el asfalto, ni que atrapados entre los cinturones de seguridad y los múltiples airbags, que ya comienzan a desinflarse, veríamos como el fuego se apodera de la camioneta, impidiendo que desde afuera, alguien pueda ayudarnos a salir. Estoy casi seguro de que ella murió en el impacto. Yo, en cambio, ya puedo sentir el fuego en mi cuerpo y solo puedo esperar que no sea tan doloroso como parece.

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