Una sorpresa inesperada

801586395_e84ede9411_o

De tanto en tanto me sorprendo haciendo cosas que nunca imagine hacer. Por ejemplo, me sorprendo cada mañana, cuando me levanto temprano. Muy temprano.

Recuerdo, cuando era chico, levantarme obligado mucho antes de que saliera el sol junto a mis padres. Despertar mientras el cielo aún está oscuro, es algo que ningún niño puede aceptar con resignación. Si aún no amanece, es de noche y si es de noche se debe seguir durmiendo. Despertar de madrugada, subirme al auto para continuar el sueño en el asiento trasero mientras en la radio sonaba la espantosa melodía de Radio Mitre es uno de los peores recuerdos de mi infancia.

Aún hoy, esa musiquita de Radio Mitre, me recuerda a aquellas frías madrugadas viajando en el auto de mi papá vaya a saber con qué destino.

Ahora soy yo quien se levanta temprano, mientras el cielo aún permanece oscuro. Se que no soy el único porque mientras voy a la cochera a buscar el auto me cruzo con muchas personas que, se nota, se han despertado mucho antes que yo. Al regresar, despierto a mis hijos y lucho contra su reloj biológico intentando hacerles comprender que, aunque aún sea de noche, deben levantarse.

Tengo mucho cuidado, cuando todos subimos al auto, de que no suene ninguna melodía que pueda grabárseles en el inconsciente para recordarles este trauma el día de mañana. Pongo cualquier radio que esté pasando música o busco alguna de sus canciones favoritas, para que la sensación de haber madrugado, se les mezcle con la de escuchar una linda canción.

Es así como rompo aquella promesa que me hice a mi mismo en cada uno de esos viajes de madrugada en el asiento trasero del auto mientras mi papá escuchaba Radio Mitre: “cuando yo tenga hijos los dejaré dormir hasta la hora que quieran”.

También los domingos me levanto temprano. No tanto como durante la semana pero si antes que el resto de la familia. Salgo de casa y voy a la panadería para comprar facturas. Aún estoy en busca de alguna que haga facturas tan ricas como las que mi viejo traía a casa cada domingo. Voy rotando de panadería en panadería hasta encontrar alguna que sea tan buena como aquella.

A pesar de haber imaginado una vida adulta sin la obligación de cumplir un horario y realizando solo tareas placenteras que tuvieran que ver con cada uno de mis gustos y pasiones, me sorprendo pasándola bien en un trabajo que poco tiene que ver con las cosas que en realidad me gustaría hacer. Me sorprendo llegando puntual y preocupándome cuando llego tarde porque no me gusta fallar en mis responsabilidades; esforzándome por cumplir en tiempo y forma con cada una de mis labores del día, y dando un poco más de lo que por contrato me corresponde. Saliendo agotado, al término de mi jornada laboral, casi sin energías para hacer nada de lo que tenía pensado hacer al concluir esta.

Me sorprendo también frente a la TV viendo dibujitos o programas de cocina en lugar de estar viendo el último episodio de mi serie favorita o el más reciente estreno pirateado de internet; O al escuchar por decimoquinta vez el tema principal de los Mighty Morphin Power Rangers junto a mi hijo, en lugar de navegar por el amplio universo musical que me proveé Spotify.

Me sorprendo, tal como conté antes, haciendo todas estas cosas y muchas más que no quiero contar para no ser redundante. Me sorprendo porque jamás me hubiera imaginado haciendo cosas así e imagino que si el joven que alguna vez fui, viera en lo que se ha convertido nuestra vida no tendría otra reacción más que la de reírse o llorar. Reírse para burlarse de mi; llorar para sentir lástima por él.

Sin embargo, la mayor sorpresa de todas, el momento en el que realmente me sorprendo de mi, es cuando comprendo lo que está pasado a mi alrededor.

Siempre soñamos, todos, con ser el centro del universo. El ombligo del mundo. Y quien quiera mentir diciéndose a si mismo que jamás desearon serlo puede abandonar la lectura en este momento y retirarse del blog para siempre, porque no me interesa tener entre mis lectores a personas tan mentirosas.

Decía que uno de los sueños involuntarios que todos tenemos es el de ser importantes; saciar ese ego mal atendido de nuestra infancia considerándonos de vital importancia para los demás. Y es ahí, en donde uno de los pocos anhelos que todos tenemos se hacen realidad. Porque no hay un mayor deseo en la vida de las personas normales que ser felices.

Y la mayor sorpresa de cada día es cuando tomo consciencia de que, a pesar de todo lo que detallé en los párrafos anteriores, soy feliz. Y eso, por más que se lo contara a ese joven que alguna vez fui, no me lo creería.

Tendrá que vivirlo en carne propia para entender de lo que estoy hablando.

¿Qué te pareció este texto?

Comentario