Una vez a la semana

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Como casi cualquier habitante del mundo en ésta era, soy esclavo de mi rutina pero debo reconocer que, aunque me pese, también soy adicto a ella. La necesito. No me permito alterarla dos días seguidos porque colapso, siento que pierdo el poco control que tengo sobre mi vida y termino agotado mental y físicamente

Sufro por dicha esclavitud al despertar cada mañana. Me resulta imposible aceptar no ser dueño de mi tiempo. He intentado asimilarlo durante años, conformarme con lo que tengo y disfrutar de las muchas cosas buenas que experimento casi todos los días pero hay algo que me lo impide. Un llamado a la inconformidad que viene desde lo más profundo de mí ser y me obliga a revelarme, de la boca para afuera, contra cada una de las obligaciones diarias que la vida adulta me impone. Sin embargo, no hago nada para modificarlo y, como dije antes, cada tanto exploto.

Un incipiente estado depresivo comienza a desarrollarse en mi interior. No llega a consolidarse en mi estado de ánimo general porque mi rutina se lo impide. Levantar a los nenes para llevarlos a la escuela y al jardín; llegar a horario al trabajo y mantenerme concentrado para no cometer ningún error que le cueste dinero a mis jefes; regresar a casa para pasar tiempo con mi familia, cenar y disfrutar de alguna serie o lectura de última hora, hacen que mi mente se mantenga ocupada y que para cuando tengo tiempo y espacio para deprimirme ya sea hora de dormir, despertar y volver a empezar.

Un malhumor constante se apodera de mis instintos volviéndome inestable e impredecible ante cualquier contacto personal con otro ser humano. Mi mujer, mis hijos, los clientes, un peatón, cualquiera puede ser víctima del mal carácter cultivado a lo largo de años de una vida transitada por carriles no deseados sin animarme a tomar el control.

De acuerdo al calendario romano, éste año debía ser el de la explosión, del colapso y la depresión por lo que, anticipándome a mí ya predecible estado de ánimo, decidí sorprender a mi rutina haciendo algo que llevaba años marcado en mi cuaderno de actividades pendientes sin ser nunca llevado a cabo.

No tuve que buscar mucho. La cuentas de Facebook y Twitter que sigo y los newsletter a los que estoy suscripto, diariamente me informan  sobre actividades al respecto pero hubo una en particular que me llamó la atención, no tanto por la temática sino por parte de quien venía la propuesta.

Era un taller literario sobre el género de terror. Un tema que me gusta y al que me cuesta mucho entrarle en modo escritor. Era en microcentro y comenzaba a la misma hora en la que yo salía de trabajar, por lo que debía salir más temprano del trabajo o llegar bastante más tarde al taller. Debía pasar todo el día fuera de casa, salir a la mañana para llevar a la nena al jardín, ir a trabajar, viajar al taller y regresar a casa cuando todos estuvieran durmiendo, delegando en mi señora las complicadas tareas vespertinas de bañar, dar de cenar y acostar a los dos chicos.

Pedí permiso. A mi señora para llegar tarde a casa y dejarla sola con esas tareas; en mi trabajo para cerrar puntual y retirarme corriendo ni bien fuera la hora y a quienes dictaban el taller para llegar tarde. Todos dijeron que si y me anoté.

Los factores internos a vencer eran más difíciles que los externos. Tenía que convencerme a mí mismo de agregar otra tarea a mi rutina habitual. Seguramente tuviera que conocer gente, hablar con ellos, presentarme y aparentar ser normal en esa difícil primera impresión. Asumir el compromiso de comenzar y terminar el taller, además de obligarme a escribir con cierta frecuencia y no cuando se me dé la gana como habitualmente hago. Es una suerte que estas cosas se paguen por adelantado porque de no haber sido así, tengo la certeza de que no me hubiera presentado a la primera clase.

Luego llegó el momento del taller. De sentarme en una mesa para hablar un poco sobre literatura de terror y mucho sobre literatura en general. Sobre recursos y técnicas literarias. Sobre qué hacer para contar bien una historia, sobre cómo contarla, sobre por qué y para qué hacerlo. Sobre nosotros como autores y lectores y sobre los lectores en general. Sobre otros grandes (y no tanto) autores del género y sobre nuestros asuntos personales, resueltos y no resueltos, con diferentes libros y autores.

Hablar sobre libros, sobre literatura, sobre recursos, es algo que me resulta tan apasionante como ajeno. He dedicado casi toda mi vida a hacer cosas muy diferentes a las que realmente quería, por lo que me encuentro con pocas ocasiones en las cuales pueda comentar sobre un libro o un autor con algún amigo o conocido. Hacerlo, semanalmente, con personas tan o más apasionadas como yo sobre éstos temas me resultó una magnifica experiencia.

Escribir con frecuencia semanal, sobre un género en particular y limitándome a la consigna que la profesora nos proponía fue bastante complejo. La persona que, como yo, escribe porque quiere, cuando quiere y sabiendo que solamente será leído por algún que otro familiar o conocido con buena predisposición, escribe más por inspiración que por ejercicio y termina haciéndolo con bastante poca frecuencia.

La constancia fue fundamental para cumplir con las consignas del taller y aprovecharlo al máximo. Sacarle el mayor provecho a ese largo y sacrificado día. Respetar esas extrañas consignas (el nombre de una ciudad, una foto en blanco y negro, un escenario atípico o una foto en blanco y negro) y hacerlo siguiendo alguno de los extraños parámetros del género en cuestión, me hizo permanecer horas mirando la pantalla de la computadora con un archivo de Word abierto y completamente en blanco, creyendo que no sería capaz de escribir nada al respecto, hasta que la presión, la obligación o la inspiración (vaya a saber cuál de las tres) me hacían disparar con mis dedos sobre el teclado y darle forma al texto para luego presentarlo y leerlo frente a los demás.

Leer en voz alta un texto propio es muy incómodo. Escuchar las críticas y sugerencias de los compañeros para mejorarlo y comprobar que, en colaboración de todos (no solo de la profesora) mejoraba considerablemente, resultó completamente motivador e inspirador para volver a escribir. Participar activamente de la corrección de los demás textos me hacía ponerme en un lugar en el que jamás había estado a la hora de leer. Ver que, con una misma consigna, todos escribíamos algo completamente diferente era divertido a la vez que sorprendente y hablar sobre cómo había nacido nuestro texto, revelador.

El taller me obligó a mantener una constancia y responsabilidad con la escritura que nunca tuve. Aunque semanalmente me obligue a mí mismo para publicar aquí, la obligación de cada semana llevar un texto corregido hizo que mis plazos habituales se acortaran y mis horarios de escritura se prolongaran. Descubrí que escribo más y mejor madrugando un tanto más de lo habitual y dejé de intentar escribir por la noche para hacerlo más temprano en la mañana. Tengo más sueño durante el resto del día, es cierto, pero también escribo un poquito mejor. O eso es lo que me gustaría creer.

No sé si el taller me sirvió para mejorar como escritor aunque estoy seguro de que incorporé técnicas y recursos que antes no tenía y que ahora voy a tener que jugar a implementarlos en mi escritura habitual, no solo escribiendo cuentos de terror sino analizando y corrigiendo con lo que aprendí, hasta los textos más tontos de éste blog. También conocí a personas a las que, basándome en el día a día de mi rutina, jamás debería haber conocido, con las que compartimos intereses en común y que ya forman parte de mis contactos en mails y redes sociales. No todos los días se consiguen nuevos lectores para el blog.

Lo más importante es que con este taller logré engañar a mi rutina durante algunos meses y jugar, una vez por semana, a ser ese escritor que quiero ser.

Inscribirme en el taller ha sido una gran decisión y seguramente sea algo que vuelva a hacer en poco tiempo, pero ahora es momento de poner en práctica lo aprendido.

http://www.matenalmensajero.com/talleres

Matenlo

 

 

 

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