Volver a leer

 

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No lo había notado. No me di cuenta hasta que los efectos fueron (casi) irreversibles. Algo que hasta ese momento había sido normal en mi vida, ahora era un simple recuerdo. Jackeline, una chica que trabajaba en el call center cuando yo era supervisor (me gusta aclarar que, al menos una vez, fui supervisor) se acercó a mi escritorio y me recomendó un libro: Padre Rico, Padre Pobre de Robert Kiyosaki. No es mi intención narrar en este texto el efecto devastador que ese libro tuvo en mi vida, sino contar lo difícil que me resultó terminarlo. Me había convertido en lector desde pequeño, pero había pasado mucho tiempo desde la última vez que había tenido un libro entre mis manos.

Cuenta mi madre que cuando yo iba al jardín de infantes, llevaba pequeños libros de cuentos que yo mismo les leía a mis compañeritos. No guardo ningún recuerdo de aquellos días, pero me gusta creer que esa historia es cierta. Mientras fui creciendo, recuerdo haber leído El Principito, Sandokan, Juan Salvador Gaviota y otros títulos que no llegué a entender completamente, hasta que volví a leerlos años más tarde. Con la adolescencia, llegaron libros más grandes como los de Sidney Sheldon y varios del estilo de Como Ganar Amigos e Influir sobre las Personas. La lectura estaba directamente relacionada con el placer y cualquier libro, con un poco de música de fondo, constituía un buen plan para una noche de soledad.

Pero sin darme cuenta, un día dejé de leer, y a pesar de que seguía considerándome un lector, no me había percatado de la cantidad de tiempo que llevaba sin entrar en una librería.

Conseguir un ejemplar del libro de Kiyosaki no fue difícil. El autor estaba de moda y junto a él, se exhibían títulos similares, del mismo y de otros autores. Lo leí con mucho esfuerzo y pude observar que algo había pasado con mi poder de concentración. Mi comprensión de texto tampoco era la misma, lo que me llevaba a pasar varias páginas hasta tomar consciencia de que no había registrado nada de lo que estaba escrito en ellas. Preocupado, intenté analizar que había pasado con aquel viejo hábito.

Lo primero que noté, fue que en ese momento (al igual que ahora), trabajaba más de ocho horas diarias, algo para lo que nunca me había preparado. Por lo que al regresar a casa, me desplomaba sobre la cama hasta recobrar la consciencia y no tenía voluntad de hacer otra cosa más que de descansar. El agotamiento mental era tan grande que no había lugar para ninguna actividad intelectual. Cuando tuve Internet, mi tiempo ocioso transcurría, tanto en Taringa (descargando discografías completas), como en Poringa (consumiendo todo tipo de pornografía). En Youtube, veía recitales completos de mis bandas favoritas y a su término, continuaba con editados de los mejores goles del Bati.

Ya no me levantaba temprano los domingos para comprar el diario y de paso llevar a la perra a que haga pis en el parque. Ahora, abría varias pestañas del navegador y leía los titulares de los principales diarios ante la desesperada mirada de mi perra. Algo similar sucedía con el televisor, que permanecía todo el día encendido, sintonizando un canal de noticias pero sin volumen, informándonos tan solo por las letras del zócalo.

Facebook absorbió el cien por ciento de mi tiempo, hasta que descubrí Twitter. Y así, de a 140 caracteres, twit tras twit, podía llegar a pasar horas enteras leyendo esos mensajes, en lugar de dedicar el mismo tiempo a la lectura de algún libro.

Revertir esta situación, una vez que la tuve identificada, no fue fácil. En primer lugar, tuve que limitar el tiempo que pasaba en las redes sociales, a punto tal de cerrar momentáneamente mi cuenta de Facebook. La TV no volvió a encenderse a menos que fuera para ver algún programa específico, en lo posible, series norteamericanas. A medida que me fabricaba tiempo para leer, iba descubriendo sitios independientes como El Puercoespín o revistas literarias como Orsai, en donde los artículos se me hacían largos y difíciles de terminar, pero a fuerza de constancia, comencé a disfrutar de la lectura nuevamente.

Mi cerebro redescubría sensaciones relacionadas con el hábito de leer. Algún cuento de Marcos Pereyra, algún artículo de Patricio Carranza o un relato de Rafa Fernández, me hacían sentir como aquel joven lector que había sido en mi adolescencia. Intenté con un libro corto, luego con una compilación de cuentos y cuando terminé de leer la primer novela larga, supe que ya no había vuelta atrás.

Paralelamente, como efecto colateral, había recobrado las ganas de escribir. Nuevas ideas venían a mi cabeza, junto con una imperiosa necesidad de plasmarlas en papel. Entonces dividí mi tiempo libre entre la lectura y la escritura, y buscando un lugar en donde compartir mis sentimientos con el resto del mundo, abrí mi propio blog. Luego de un tiempo de escribir allí (aquí), con la humilde intención de que mi experiencia pudiera servirle a cualquier persona que estuviera pasando por una situación similar, decidí contar lo que me había pasado con la lectura en este texto y publicarlo en este mismo lugar.

Y milagrosamente, ahora, vos también lo estas leyendo.

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